📖Kropotkin,el dolor y la amargura de la literatura rusa🏴

Ana Muiña
Editora, diseñadora gráfica, escritora e investigadora de Historia social y movimientos feministas

«La vida de Verlaine y la del príncipe Kropotkin son las más perfectas que he encontrado en la esfera de mi experiencia. Los dos han pasado años en las prisiones; el primero, el único poeta cristiano desde Dante, y el segundo, un hombre con el alma de ese bello y límpido Cristo que Rusia parece habernos enviado»

Oscar Wilde, De profundis, la epístola que escribió a su amado Alfred Douglas en 1897 desde la prisión, encarcelado por su homosexualidad.

Floral letter S svg, Initial letter S with flower, Monogram alphabet ...in duda, la faceta más conocida de Piotr Kropotkin es la de pensador anarquista, con sus brillantes aportaciones en torno al comunismo libertario, considerado «el padre del anarquismo comunista», sus ideas federalistas y sus teorías sobre las revoluciones, incidiendo en la descentralización y «en las necesidades reales y las posibilidades locales». El escritor revolucionario lituano Alexander Berkman afirmaría: «Kropotkin enfatizó particularmente el lado constructivo de las revoluciones, y especialmente que la organización de la vida económica debe ser tratada como la primera y mayor necesidad de una revolución, como el fundamento de su existencia y desarrollo»1.

Kropotkin, una de las primeras celebridades del mundo en su época, fue admirado de igual modo, particularmente en Inglaterra, Canadá y Estados Unidos, por su labor de sabio y científico. Geógrafo, topógrafo, naturalista, zoólogo, matemático, sociólogo, viajero, explorador… Su original método, derivado del estudio de las ciencias naturales y de la ética, que, a lo largo de su vida, fue concibiendo para interpretar el mundo le otorgó una herramienta de análisis de la realidad social, donde toda conclusión filosófica y científica debe ser verificada en la práctica. Su amor por la Naturaleza le hizo respetar e incorporar a sus investigaciones a todas las formas de vida. Consideró a la especie humana como parte integrante de la Naturaleza, y a las actividades que realizamos, como funciones naturales. Fundó una filosofía sintética que abarcara todos los hechos de la naturaleza, incluida la vida de las sociedades humanas y sus problemas económicos y morales. En opinión de Murray Bookchin, el historiador e investigador ecologista, la aportación pionera a la ecología social de Kropotkin «iba a enriquecer el anarquismo con un acervo de tradiciones históricas, una visión sorprendentemente pragmática de las alternativas tecnológicas y sociales que ofrece este ideal, y un enfoque creativo inspirado principalmente en los escritos de Robert Owen y de Charles Fourier».

La historia de los movimientos populares y literarios rusos.

Gran conocedor de la historia popular y literaria eslava, Kropotkin ha sido muy apreciado en Occidente como uno de los mejores especialistas en literatura rusa – hasta su muerte en 1921 – por su visión polifacética del vasto país donde nació. Tolstói le llamaba «el hombre erudito» y no le faltaba razón.

En marzo de 1901, fue invitado por el Instituto Lowell de Boston a dar una serie de conferencias sobre la literatura rusa. Era su segunda o tercera gira americana, antes había estado, según Alexander Berkman, en 1890, y también en 1897 viajó a América del Norte por medio de la Sociedad Inglesa para el Avance de la Ciencia, que celebraba una reunión en Toronto, Canadá. Para este nuevo viaje había una gran expectación, con miles de asistentes en sus encuentros, tanto del movimiento anarquista como de la cultura radical y liberal norteamericana. En Nueva York habló en la Liga de Educación Política, en el Cooper Union ante más de 5.000 personas, y dos veces en un local de la Quinta Avenida. También pronunció discursos en Harvard y en el Wellesley College. Visitó Chicago y dio conferencias en importantes universidades y en el Instituto Lowell de Boston. La gran escritora y teórica Emma Goldman, que le conoció en 1899 en su exilio londinense, escribió a Kropotkin antes de su viaje, comentándole que podía organizarle una serie de conferencias y logró obtener su consentimiento. Todas las lecturas pronunciadas fueron recogidas y publicadas en Nueva York cuatro años después (sospechamos que también con el apoyo de Emma) en un libro bellísimo, La literatura rusa. Los ideales y la realidad, inédito en el Estado español hasta 2014 que fue editado por La linterna sorda. La propia Emma impartía lecturas sobre la literatura rusa en 1916, como crítica literaria en esta materia, en Ann Arbor, ciudad de Michigan, según hemos podido averiguar.

«Las lecciones impartidas sobre el siglo XIX, siglo de potente floración literaria en Rusia, conservan toda su pertinencia, y… su tino. Ocho lecciones magistrales, en las que destacan la contextualización histórico-política que desvela las condiciones en que se movieron los escritores para poder llevar a cabo su labor, la presentación biográfica de cada uno de ellos y la lectura de sus obras más significativas». Iñaki Urdanibia, Lecciones de literatura de Kropotkin.

Los capítulos se presentan siguiendo la cronología y no se ciñe al siglo XIX, sino que toma impulso en tiempos anteriores, los siglos XVII y XVIII, de los que traza una muy interesante genealogía. Así pues, el repaso pormenorizado comienza hurgando en los orígenes e implantación de la lengua rusa, y los primeros textos que narraban y cantaban las leyendas fundadoras del «alma rusa», que eran recopiladas por folcloristas y otros investigadores; la presentación se detiene con detalle en la Edad Media. El peso del nacimiento de la Iglesia ortodoxa y su estrecha unión con el poder de los zares: Pedro I y Catalina II, supuso innumerables cortapisas literarias y culturales. Tras la creciente implantación de una oposición con tendencias liberales, los decembristas, se inicia el desfile de figuras literarias legendarias.

Pushkin y Lermontov son puestos en relación: poesía formal rozando la perfección y poesía ligada a la naturaleza. A Pushkin se compara con Schiller, y con un cierto byronismo; presentando su narración en verso Eugenio Oneguin, que ha servido para la formación de no pocas generaciones; las vanas cuestiones de honor, y de balas acabaron con su vida. Lermontov, que tampoco se libró de los proyectiles del honor, es presentado relacionándolo con Shelley y se subraya la huella que éste dejó en la posteridad con su Un héroe de nuestro tiempo y La hija del capitán.

El siguiente capítulo está dedicado al gran Gógol, que pese a sus avatares existenciales, se subraya su sentido del humor que se plasmó en obras tan destacadas como Almas muertas y otras obras que dejarían honda huella en la posteridad.

De los dos siguientes, los dos escritores más eminentes de Rusia: Turguénev y Tolstói, Kropotkin escribe con sagacidad. En sus descripciones de los diferentes tipos presentes en la sociedad rusa, destaca el retrato de Bazárov, protagonista Padre e hijos. En este libro
se abordaba el fenómeno nihilista, (¡Vnaród!) o naródnik, que significa para el pueblo o ir hacia el pueblo, de aquellos jóvenes que se desplazaban a zonas campesinas con el fin de que el pueblo tomara conciencia. Este gran movimiento, que Turguénev llamó nihilismo, se difundió rápidamente. Se crearon muchas escuelas y un gran número de gentes campesinas acudió a ellas. Los ancianos se sentaron en los bancos con sus nietos e hicieron todo lo posible por aprender. Estaban entusiasmados con aquella gran idea.

  • «Es un nihilista».
  • «¡Qué! », gritó su padre. En cuanto a Paul Petrovich, levantó su cuchillo, en cuyo extremo había un poco de mantequilla, y permaneció inmóvil.
  • «Es un nihilista», repitió Arcadi.
  • «Un nihilista», dijo Nicholas Petrovitch. «Esta palabra debe provenir del latín Nihil, nada, hasta donde puedo juzgar; y por lo tanto significa un hombre que … ¿quién no reconoce nada?».
  • «O más bien que no respeta nada», dijo Paul Petrovitch; y volvió a poner mantequilla en el pan.
  • «Un hombre que mira todo desde un punto de vista crítico», dijo Arcadi.
  • «¿No viene eso a ser lo mismo?», preguntó su tío.
  • «No, en absoluto; un nihilista es una persona que no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio sin ser examinado, sin importar la reputación que tenga dicho principio». —Turguénev:  Fathers and Sons.

Del autor de Ana Karénina, se repasan sus escritos autobiográficos iniciales, sus experimentos pedagógicos en Yásnaya Polyana y su ideología de resistencia pasiva y su conversión religiosa a un cristianismo sui generis, y otras cuestiones relacionadas con su vida, y con su muerte. Kropotkin hace un repaso a sus obras magnas: Guerra y paz, Sonata a Kreutzer y Resurrección. El pensador diría en otro momento:

«Simpatizo con la mayor parte de la obra de Tolstói, aunque hay muchas de sus ideas con las que no estoy del todo de acuerdo: su ascetismo, por ejemplo, y su doctrina de la no resistencia. También me parece que se ha comprometido, sin razón ni juicio, a la letra del Nuevo Testamento».

En las siguientes páginas del libro, introduce a Goncharov, Dostoievski y Nekrásov. Goncharov originó una nueva palabra en el diccionario, oblomovismo, que se basaba en su personaje principal de su novela homónima: Oblómov. Dedica unas lúcidas reflexiones al gran, y discutido, poeta Nekrásov; alaba, al tiempo que es considerado como defecto por muchos, su poetizar llano que puede ser leído por cualquier aldeano que supiera leer. Esta comprensión era favorecida además por su temática y los retratos logrados que realizaba, en sus poemas, de gente del pueblo, muy en especial las mujeres. Se detiene en otros prosistas de la misma época, entre las que destacan algunas mujeres: Khvoshchinskaia y Marko Vovchok, seudónimo de Maria Markovich.

Aborda el drama, a los novelistas del pueblo, destacando a Maksim Gorki y sus retratos de gentes desarraigadas; para concluir con una atención especial al cuentista Chéjov, un verdadero adelantado a su época. Se detiene en lo estético y en lo político: TolstóiChernichevski  (autor del influyente ¿Qué hacer?), Belinski, Pisarev, Herzen, Bakunin

Kropotkin apunta sutilmente que Gorki es el último eslabón de esa cadena de genios del dolor y la amargura. El pesimismo eslavo y la angustia humana parecen concluir con Tolstói y Dostoievski. Ciertamente, Gorki era un apasionado de la naturaleza libre en el ser humano. Ese era su ideario y el de sus vagabundos, sus harapientos mendigos, los últimos rebeldes contra la civilización. Para Gorki, la belleza estaba lejos de las convenciones sociales, del vestir bien, de la moral burguesa, porque la auténtica belleza residía en las cualidades primarias humanas, en las no adquiridas. La dignidad estaba en esos seres que la sociedad consideraba innobles. Sus personajes sufrían dolor pero no lloraban. La plasticidad de las descripciones de Gorki sobre la naturaleza nos siguen conmoviendo: «Los libros caían sobre la tierra como copos de nieve, pero su efecto era como chispas de fuego» diría sobre la literatura de su país. Kropotkin también alude a este lirismo. Cita a Malva, cuento pionero feminista escrito en 1897, que produjo gran escándalo por la libertad que desprendía su personaje femenino. El relato arranca así: «El mar reía. Estremeciéndose al sentir el soplo ligero del viento cálido, y se cubría de leves arrugas que reflejaban el sol deslumbrante, riéndose con sus miles de risas plateadas al mirarse en el cielo azul». Y termina: «las olas sonaban alegres, el sol brillaba, el mar reía»… Fue Emma Goldman quien introdujo y tradujo del ruso los primeros cuentos de vagabundos de Gorki en Estados Unidos. Los publicó en su revista Mother Earth, a partir de 1906. En el libro de Gorki, Cuentos de rebeldes y vagabundos, se recoge un artículo de Pío Baroja, entusiasta de su obra y personajes.

«Cuando un lector occidental –afirma Kropotkin en el prefacio de su obra– entra en contacto con la literatura rusa, de ordinario se siente impresionado por su tristeza y por la ausencia de la alegría de la vida, de la felicidad de la existencia. Esta impresión es enteramente acertada. Las persecuciones que sufrieron tanto nuestra literatura como generaciones enteras de “intelectuales” en el siglo XIX, explicaría palmariamente la ausencia de una verdadera alegría de la vida en la literatura rusa».

«En La literatura rusa. Los ideales y la realidad» leemos sobre Lomonósov, cuya vida fue destrozada por la persecución política. Leemos sobre la moral Novikov, a quien Catalina II le condenó a 15 años en una celda secreta en Schusselburg. Leemos sobre Labzin, que escribió contra la corrupción y, en consecuencia, se vio obligado a terminar sus días en el exilio. Leemos sobre Radischeff, el primero en señalar los horrores de la servidumbre, que fue encarcelado, deportado y acabó suicidándose. Leemos sobre el Pushkin que marcó una época y que fue exiliado a Kishinev a los 20 años, y luego a Mikhailovskoye, y que accidentalmente escapó del exilio político permanente en Siberia. Byronic Lermontov fue desterrado al Cáucaso por escribir un poema sobre la muerte de Pushkin. Ryleev, Odoevsky, Shevchenko, Griboyedov, Pisarev, Chernishevsky, sufrieron martirios brutales. Leemos sobre el brillante y poético Polezhaev, que fue enviado al cuartel del Ejercito en el Caúcaso, cuando era menor y murió allí por tuberculosis y por los latigazos que sufrió. Leemos sobre el popular novelista Bestúzhev, que fue exiliado a Siberia y luego enviado al Cáucaso como soldado. Leemos sobre el gran Gógol que sufrió a manos de la censura. Leemos sobre Turguénev, quien fue arrestado y exiliado a sus lejanas propiedades por escribir una breve nota necrológica de Gógol. De no haber sido por sus influyentes amigos, habría ido a Siberia. Leemos sobre Tolstói, cuyo excelente experimento educativo fue abolido violentamente por el Gobierno, enfureciendo tanto a este hombre extraordinario que directamente advirtió a Alejandro II que él mismo dispararía al primer policía que se atreviera de nuevo a entrar en su casa. Leemos sobre el nervioso Dostoievski que sin ningún motivo fue condenado a muerte, llevado a la horca, indultado allí, condenado a trabajos forzados, encarcelado, exiliado, privado de su trabajo literario, golpeado con el gato de nueve colas [látigo], torturado de mil maneras, año tras año, hasta convertirse en un despojo físico y mental. En toda la historia de la raza humana, desde el día en que el hombre primitivo vagó por los bosques indómitos, y golpeándose con el dedo del pie desnudo contra una raíz, se postró para adorarla, para aplacarla, para apaciguarla, hasta el momento científico en que un biólogo como Haeckel negó absolutamente la existencia de Dios y del alma, no ha habido nada más horriblemente cruel que el tratamiento zarista que el Gobierno ruso le dio al joven talentoso que produjo una obra a los 20 años que hizo que Nekrasov gritara a Belinsky, “¡Nos ha nacido un nuevo Gógol!”. Leemos sobre Plescheev, que fue enviado como soldado a la región de Orenburg y soportó la persecución durante años. Mikhail Mikhailov, uno de los colaboradores más valiosos del Sovremennik (The Contemporary), una maravillosa publicación periódica que cuenta entre sus colaboradores, Chernishevsky, Dobrolubov, Tolstói, Nekrasov, fue condenado a trabajos forzados en Siberia, donde pronto murió. Leemos sobre Ostrovsky, el padre del drama ruso, que fue puesto bajo supervisión policial como sospechoso. Leemos sobre el amoroso Levitov, “una flor pura de las estepas rusas”, que, siendo estudiante, fue exiliado al lejano norte y luego trasladado a Vologda, donde se vio obligado a vivir en completo aislamiento de todo lo intelectual y en una pobreza espantosa al borde del hambre. Leemos sobre Petropavlovsky, quien pronto fue exiliado al gobierno siberiano de Tobolsk, donde estuvo retenido durante muchos años y del cual fue liberado sólo para morir poco después por tisis. Leemos sobre Saltykoff (Schedrin), el más grande de los satíricos, que estuvo exiliado durante varios años en la miserable ciudad provincial de Vyatka. Leemos acerca de Belinsky, el mayor de los críticos, que afortunadamente murió lo suficientemente joven para escapar de la fortaleza de las mazmorras. Cuando agonizaba, un agente de la policía estatal lo llamaba de vez en cuando para saber si seguía vivo. Si se hubiera recuperado, habría sido transferido a la fortaleza de Pedro y Pablo. Leemos sobre la persecución de Palm y Potyekhin; de los años que Melshin, Korolenko, Zasodimsky, Elpatievsky, etc., pasaron en el exilio. En la Rusia de los Románov, apenas un solo escritor de valor ha escapado del encarcelamiento o el destierro.

«Eran personas de gran cerebro cuya misión era elevar a una nación. Si los Catherine, Nicholas y Alexanders hubieran sido menos poderosos, Rusia no sería ahora la mancha más sucia en nuestra tierra sembrada de cráneos». Victor Robinson, Comrade Kropotkin, 1908.

Sofia Ananiev, el Museo Kropotkin y las reminiscencias de su memoria.

Es preciso rescatar del olvido a la compañera de toda la vida de Kropótkin, la bióloga, conferenciante y escritora Sofia Ananiev (Kiev, 1856-Moscú, 1938). Se sumó a las filas nihilistas siendo una adolescente. Sasha Kropotkin Ananiev, la hija de la pareja, así les recordaba en 1921:

«Sofia, mi madre, en realidad es ucraniana. Nació en Kiev en 1856. Es de ascendencia judía, si bien sus rasgos muestran un considerable porcentaje de sangre eslava. Su familia era rica. Ella tenía cinco años cuando se trasladaron a Tomsk, una ciudad siberiana, a 500 km. de la frontera con Mongolia, donde su padre pasó a explotar una mina de oro. A la edad de 17 años se rebeló contra la dura condición a que estaban sometidos los mineros. Se negó a vivir del dinero familiar, ganado con el trabajo de aquellos, y abandonó su casa para ganarse la vida por sí misma. Tras unos años de trabajo duro y privaciones, le falló la salud, y sus amigos la enviaron a Suiza. Poco después conocería a mi padre y se casarían».

Sofia Ananiev, de radicales convicciones políticas en su juventud –según apuntaba Emma Goldman– pasó a dedicarse por entero a colaborar en la obra de Kropotkin. De cultura sobresaliente, ejercía una severa crítica y revisión sobre lo que escribía su compañero. Son varios los estudios que afirman que la pulcritud estilística de Kropotkin se debe, en buena medida, a ella. Sofia, a partir de 1897 comenzó a reemplazarlo como conferenciante, cuando la salud de Piotr se deterioraba. Los temas de sus disertaciones abarcaban desde la situación de las mujeres en Rusia, a la química y la botánica; también escribía artículos para las más prestigiosas publicaciones: Nature, The Nineteenth Century, View Magazine, Liberty, Freedom, The Contemporary Review… Estas actividades ayudaron a la familia a superar los numerosos momentos de aguda dificultad económica.

A la muerte del escritor en 1921, Sofia pasó a vivir en el palacio natal de Kropotkin en Moscú que perteneció a su madre, Ekaterina Sulima, y fuera construido para su abuela paterna, la princesa Gagarina. Uno de este conjunto de edificios que ocupa toda una manzana, aunque se conserva parcialmente porque tenía una basta extensión desaparecida después de 1917, fue convertido en un museo. El 9 de diciembre de 1922 se inauguró el «Museo Kropotkin, para todas las ramas de la ciencia y la literatura» cuyo responsable fue Nikolai Lebedev (o Lébédeff) y la presidencia recayó sobre Sofia y sobre Vera Figner. Los fondos para fundarlo fueron enviados de todo el mundo. En Inglaterra, Bernard Shaw y H. G. Wells crearon un «Comité para la Promoción del Museo Kropotkin». Gracias a su ayuda,
lograron llevar de Londres a Moscú la gran biblioteca personal y el archivo de Kropotkin. En 1928, el museo ya poseía una gran exposición de 7 salas y varias bibliotecas. Una de las habitaciones reproducía su gabinete londinense. A la muerte de Sofia en 1938, Stalin clausuró el museo.

Revisando la correspondencia de Sofia hemos podido comprobar que dicho museo estaba situado en el camino o carretera Kropotkinskiy, 26, (Кропоткинский переулок) dirección que todavía hoy día se conserva en recuerdo de Kropotkin, y que en la actualidad alberga a
la embajada de Palestina, en uno de sus edificios, donde se aprecia la placa de bronce que el escultor S. Merkurov realizó retratando al revolucionario.

Las reminiscencias de la memoria de Kropotkin en su ciudad natal son escasas. Su implacable crítica a la deriva bolchevique ha tenido mucho que ver. «Ahora, la revolución no se ha realizado», afirmaba el pensador en 1920. Por mi parte, lo pude comprobar cuando visité esta ciudad en 1991, a los 70 años de su fallecimiento. Pocas alusiones y recuerdos a su figura, a excepción de algunas calles y de la espectacular estación de Metro Kropotkinskaya, con columnas de granito y mármol blanco que evocan los antiguos templos egipcios. Fue planeada en honor a Kropotkin y, originalmente, para servir de comunicación al enorme Palacio de los Soviets que iba a levantarse en el solar de la demolida Catedral de Cristo Salvador, proyecto más tarde abandonado. Kropotkinskaya está en la línea metropolitana más antigua, que pasa por el centro histórico de Moscú, cerca de la casa museo de Pushkin, de la plaza Roja, de la casa museo de Tolstói, la casa de dos torres cilíndricas de los arquitectos constructivistas Konstantin y Viktor Melnikov

Dicha estación está ubicada en los alrededores del barrio donde pasó los primeros años de su vida. En esta amplia y bellísima zona se sitúa también el Cementerio de Novodévichi, donde Kropotkin quiso ser enterrado junto a sus amigos escritores y artistas (Chéjov, Gógol, Ogariov, Isaak Levitán, y donde Gorki expresamente pidió estar, aunque Stalin contravino su última voluntad…) El cementerio está en el borde de un lago que se extiende hasta el recinto amurallado del monasterio y conventos de Novodévichi. Es el lago que inspiró a Tchaikovsky en su composición del ballet el Lago de los Cisnes.

Para recordar el centenario de su muerte, el cortejo fúnebre que acompañó al féretro de Kropotkin hasta Novodévichi, de más de 200.000 personas, estaba compuesto por sus viejas amistades, revolucionarios de todas las tendencias. El brillante sol de invierno, del
que hablaba Emma Goldman al describir ese día, iluminaba los estandartes escarlatas que portaban las gentes anarquistas, haciendo resplandecer la consigna que llevaban bordada, que Kropotkin defendió toda su vida y sigue tan vigente:

«¡Dónde hay autoridad, no hay libertad!».

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