¡Calamidad de este tiempo, cuando los locos guían a los ciegos!
(Shakespeare, El rey Lear)
l pasado nos alcanza configurando la matriz del futuro. La extracción (en el ridículo argot de las «hazañas bélicas») de Nicolás Maduro por un comando de Estados Unidos busca facilitar la transición continuista en Venezuela, el paradigma del madurismo sin Maduro. Imita a la franquicia española de un franquismo sin Franco, hecha posible cuando el hombre fuerte del régimen, el almirante Luis Carrero Blanco, fue abducido por una fuerza explosiva e igualmente irremediable. Voladuras controladas. Lo confirma Marco Rubio, alter ego de Trump, y Delcy Rodríguez al anunciar una autoamnistía integral, para víctimas y verdugos, a la española de triste memoria.
Hoy, como en 1939, tras el criminal pacto entre Hitler-Stalin para repartirse Europa, las naciones hegemónicas se alían para dominar globalmente en su inapelable condición de superpotencias nucleares. Una estrategia cuyo último eslabón hasta ahora ha sido el atropello a la soberanía venezolana para extraditar por la fuerza al presidente fake de aquel país, Nicolás Maduro (la apoteosis puede ser la toma trumpista de Groenlandia y la recuperación de la Enmienda Platt contra Cuba). Pero la embestida es global, viene de más lejos y de otro continente y con diferente protagonista. De cuando en 2014, el antiguo oficial de la KGB (la Gestapo de la antigua URSS), Vladimir Putin, investido con los máximos poderes de aquella democracia de oligarcas, intervino militarmente Crimea. Entonces los que pusieron aquella península del Mar Negro al servicio de Moscú fueron los «hombrecillos de verde», la imagen eufemística utilizada por el zar del Kremlin para nombrar a las tropas ocupantes. Este 2026, los sicarios que han perpetrado el secuestro del dirigente chavista han sido los comandos Delta Force del Pentágono. Dos planos-secuencia para una misma violación flagrante del derecho internacional. La primera, en la frontera este de Europa apenas provocó la crítica de la opinión pública occidental y de su clase política, que miró para otro lado, sobre todo en el entorno de la izquierda. La segunda en discordia no ha tenido una respuesta menos indecente: sumisión pública de las autoridades de Caracas a la bota yanqui (el ¡vivan las caenas! de Delcy Rodríguez en su toma de posesión como regente del protectorado trumpista), mientras se producía la repulsa de las cancillerías de medio mundo y de parte de su ciudadanía informada, sobre todo entre la izquierda. «Operaciones militares especiales», distantes en el tiempo y en el espacio, pero no muy distintas, que tendrían réplicas cada vez más sangrientas y crueles con la invasión de Ucrania por parte del ejército de la Federación Rusa en 2022 y el ataque revanchista y genocida del Israel de Netanyahu a Gaza durante 2024. Siempre bajo el mismo principio de trágica memoria iniciado con la tesis nazi del Lebensraum, la conquista de un espacio considerado vital sin reparar en medios. Es lo que Putin calificaba de «riesgo existencial» cuando sostuvo que «la caída de la URSS había sido la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX», y el imaginario con el que Trump forjó su proyecto para «volver a hacer América otra vez grande» (MAGA). El terraplanismo coronado: aquellos vientos auspiciaron estos lodos.
El Corolario Trump, implícito en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de Estados Unidos, es una puesta al día en formato 4.0 (big data, robótica, inteligencia artificial, internet de las cosas, dronosfera, etc.) de la doctrina Monroe (1823) a modo de columna de Hércules de la diplomacia de las cañoneras de Estados Unidos. Una prueba de fuerza para casus belli surgida para disuadir a las potencias europeas de intervenir en la política de las repúblicas recién independizadas de España. En síntesis: un imperceptible dogal que unce a
las naciones de aquel continente a los intereses del Tío Sam. América para los americanos. Y ello al margen de las ideologías de los regímenes o de la bondad o maldad de sus dirigentes, como recuerda expresamente la ESN publicada el pasado 4 de diciembre:
«Buscamos buenas relaciones y relaciones comerciales pacíficas con las naciones del mundo sin imponerles un cambio democrático u otro cambio social que difiera ampliamente de sus tradiciones e historias».
Se puede decir más alto, pero no más claro. La cosa no va de democracia ni de derechos humanos, ni siquiera del derecho a un gobierno libremente elegido. Rige la ley del más fuerte: «La gran influencia de las naciones más grandes, más ricas, más fuertes, es una verdad atemporal de las relaciones internacionales». «La justicia que agrada al Príncipe» en la era Trump se llama «democracia comercial» (la ESN dixit). Ese es ahora el «destino manifiesto» de las democracias de oligarcas del siglo XXI. No hay normas, ni reglas, ni límites, el que gana se lo lleva todo. Por áreas de influencia que determinan sus arsenales nucleares. Aunque todavía de cara a la opinión pública sus acciones depredadoras se vistan de excusas mal avenidas. El «desnazificar y desmilitarizar Ucrania» de Putin. Para juzgar a Maduro (y no a su nomenclatura del Helicoide) ante un tribunal por delitos de narcoterrorismo, según el pliego de cargos de Trump. O como derecho a la defensa en la genocida respuesta de Netanyahu frente a la sangrienta provocación de Hamás. En un lúcido ensayo del escritor alemán Carl Amery editado en 1968 ya se vislumbraba un futuro de estas características desde el momento en que «la salvación se define del mismo modo tanto en el capitalismo como en el marxismo: plenitud de bienes, liberación de las fuerzas de producción» (Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?, pág. 130). Una ambición que no conoce fronteras. En la Estrategia de Seguridad Nacional aprobada por Putin en 2021, un año antes de la invasión militar de Ucrania, se abrazaba esta deriva en la estela MAGA: «El uso limitado de la fuerza se ha convertido en la forma predominante de la estrategia para devolver a Rusia al primer plano de la esfera internacional». Putin y Trump y sus respectivas estrategias de seguridad nacional son más que una anomalía histórica, hay un método en sus locuras. Posiblemente porque como afirma el sociólogo Serge Moscovici «nada une más a los hombres que un crimen perpetrado en común» (La era de las multitudes, pág. 380). Debido a esa voracidad imperialista, Estados Unidos y Rusia, junto a la China comunista-capitalista, son las superpotencias más reticentes a introducir cambios estructurales en sus economías para reducir los efectos del cambio climático global. Durante la «era Trump», Estados Unidos ha abandonado ya casi 70 instituciones internaciones de las que en muchos casos era el principal contribuyente, como la UNESCO y la OMS.
El problema es que la reaccionaria «revolución desde arriba» se está perpetrando con la aquiescencia de los de abajo. Los dirigentes que lideran esta involución democrática, negacionista de las libertades y los derechos humanos como condición sine qua non, han sido elegidos en las urnas. Incluso, y dado que las mayorías están en las capas más desfavorecidas de la sociedad, han sido las clases bajas y trabajadoras quienes han aupado al poder a esta nueva autocracia iliberal al grito de «los nuestros, primero». El nuevo Leviatán es corporativo. Masas ignorantes con derechos, en la expresión del último Premio Nobel de Literatura, el húngaro László Krasznahorkai, son las responsables de esta distopía canonizada, con legalidad de origen y creciente ilegitimidad de ejercicio. Insólita cohabitación interclasista, osmótica y mimética, que viene a desnudar definitivamente al Estado de sus atributos altruistas, el ogro filantrópico. En acelerada fase de liquidación del Estado de Bienestar, ahora le llega el turno al Estado de Derecho, para cada vez parecerse más a ese consejo de administración del capital que decía Carlos Marx respecto del artefacto Estado. Con el primordial consentimiento de los gobernados, de su servidumbre voluntaria, circunstancia que da la vuelta como un calcetín a lo expresado por el autor de El Manifiesto Comunista. Pasamos del aparato de opresión y explotación al elemento gestor que hace posible esa osmótica comunidad de intereses de abajo-arriba y de arriba-abajo. A convertirse en su nexo aglutinador, su máximo común denominador identitario.
Carecemos aún de una explicación eficiente sobre cómo hemos caído tan bajo. Incluso podríamos decir aquello de que lo que nos pasa es que no sabemos qué nos pasa. A pesar de aportaciones como la del reputado pensador marxista David Harvey, quien en La
condición de la postmodernidad ensaya una atractiva «investigación sobre los orígenes del cambio cultural» que ha hecho posible esta mutación disruptiva. En su trabajo aventura que «desde 1972 aproximadamente se ha operado una metamorfosis en las prácticas culturales y económico-políticas […] ligada al surgimiento de nuevas formas dominantes de experimentar el espacio y el tiempo». Formulación que puede servir de piedra de toque para nuevas pesquisas intelectuales, pero que la realidad fáctica arrincona ante la implosión de abrasivas políticas esquilmadoras sin sombra de ética ni estética. Concluye Harvey que «toda edad logra la plenitud de su tiempo no a través del ser sino del devenir».
Lo que ocurre desborda análisis que antes cuadraban epistemológicamente echando mano de conceptos como alienación y cosificación. Hoy tenemos una izquierda que se ha hecho apodíctica e hipnótica en su pensamiento único, secuela de aquel milagrero socialismo científico. De ahí que, insistir en esa salida taumatúrgica, empiece a ser como dar coces en el aguijón. Lo acaba de reconocer en una entrevista el chileno Gabriel Boric con la sabiduría que proporciona la derrota: «La izquierda que solo culpa al adversario está condenada a
diluirse» (El País, 11/01/2026). Porque esta vez el secreto está en la masa, en la base, en el factor humano, en romper la cuarta pared.
