📝Francisco Ferrer y la Escuela Moderna📚

Ferrer Guardia (1859-1909) ~ Ferrer i Guardia, La Escuela Moderna

Emma Goldman

Download S, Letter, Alphabet. Royalty-Free Vector Graphic - Pixabaye considera que la experiencia es la mejor escuela de la vida. El hombre o la mujer que no aprende alguna lección vital en esa escuela es mirado como un zote. Aun pareciendo extraño que digamos que las instituciones organizadas continúan perpetuando errores, ellos, sin embargo, no aprenden nada de la experiencia, a la que se someten como si fuera algo irremediable.

Francisco_Ferrer Emma_Goldman anarchie anarchie pédagogie école histoire franquismeVivía y trabajaba en Barcelona un hombre llamado Francisco Ferrer. Era un maestro de niños, conocido y amado por su pueblo. Fuera de España sólo una culta minoría conocía la obra de Francisco Ferrer. Para el mundo en general, este maestro no existía.

El primero de septiembre de 1909, el gobierno español -a requerimiento de la Iglesia Católica- arrestó a Francisco Ferrer. El trece de octubre, después de un proceso ridículo, fue llevado al foso de Montjuich, colocado contra el horrible muro, testigo de infinitos gemidos, y allí cayó muerto. Instantáneamente, Ferrer, el maestro obscuro, adquirió contornos universales inflamando de indignación a todo el mundo civilizado contra el espectacular asesinato.

La muerte de Francisco Ferrer no fue el primer crimen cometido por el gobierno hispano y la Iglesia Católica mancomunados. La historia de estas instituciones es una dilatada corriente de sangre y fuego. No sólo no aprendieron nada por la experiencia sino que ni siquiera dieron en pensar que cualquier ser, por frágil que sea, lapidado por la Iglesia y el Estado, crece y crece hasta tomar los contornos de poderoso gigante que libertará algún día a la humanidad de su peligroso poder.

Francisco Ferrer nació en 1859, de humildes padres. Estos eran católicos, y, por supuesto, quisieron educar a su hijo en la misma fe. No sabían que el muchacho se convertiría en el precursor de una gran verdad y rehusaría marchar por el viejo sendero. A temprana edad Ferrer comenzó a dudar de la fe de sus padres. Quiso saber por qué el Dios que le hablaba de bondad y de amor turbaba el sueño del inocente infante con espantos y pavores de torturas, de sufrimientos de infierno. Despierto y de mente vivaz e investigadora, no tuvo que andar mucho para descubrir el horror de ese monstruo negro, la Iglesia Católica. No haría ya buenas migas con ella.

Francisco Ferrer no fue solamente un incrédulo, un investigador de la verdad, sino también un rebelde. Su espíritu estallaba en justa indignación al considerar el férreo régimen de su país. Y cuando un puñado de rebeldes, dirigidos por el valiente patriota General Villacampa, bajo el estandarte del ideal republicano, se rebeló contra ese régimen, nadie fue combatiente más ardoroso que el joven Francisco Ferrer.

¡El ideal republicano! Espero que nadie le confundirá con el republicanismo de este país (los EEUU). Sea la que fuere, la objeción que yo, como anarquista, pueda hacer a los republicanos de los países latinos, sé que se elevaron mucho más alto que el corrompido y reaccionario partido que, en EEUU, está destruyendo todo vestigio de libertad y de justicia. Basta sólo con pensar en los Mazzini, en los Garibaldi, en otras veintenas, para descubrir que sus esfuerzos fueron dirigidos, no simplemente hacia la destrucción del despotismo, sino particularmente contra la Iglesia Católica, la que desde su aparición ha sido la enemiga de todo progreso y liberalismo.

En EEUU tenemos justamente el reverso. El republicanismo brega por derechos autoritarios, por el imperialismo, por la corrupción, por el aniquilamiento de toda apariencia de libertad. Su ideal es la untuosa respetabilidad de un Mc Kinley y la brutal arrogancia de un Roosevelt.

Los rebeldes republicanos españoles fueron sometidos. Se necesita más que un valiente esfuerzo para conmover la roca de las edades, para cortar la cabeza de esa hidra monstruo, la Iglesia Católica y el trono español. Arrestos, persecuciones y castigos siguieron a la heroica tentativa del pequeño grupo. Los que pudieron zafarse de los sabuesos volaron a buscar seguridad a playas extranjeras. Francisco Ferrer estuvo entre estos últimos. Fue a Francia.

¡Cómo debió ensancharse su alma en el nuevo país! Francia, la cuna de la libertad, de las ideas, de la acción. París, siempre joven, el intenso París, con su palpitante vida, después de la obscuridad de su propio país retardado, ¡cuánto debió haberle inspirado! ¡Qué oportunidades, qué ocasión gloriosa para un joven idealista!

Francisco Ferrer no perdió el tiempo. Se sumergió en los diversos movimientos liberales como un hombre hambriento, conoció a todo tipo de personas, aprendió, asimiló y maduró. Allí también vio en acción la Escuela Moderna que iba a desempeñar un papel tan importante y fatal en su vida.

La Escuela Moderna fue fundada en Francia mucho antes de la época de Ferrer. Su fundadora, aunque en menor escala, fue el dulce espíritu de Luisa Michel.

Ya sea consciente o inconscientemente, nuestra gran Luisa sentía, hacía tiempo, que el futuro pertenece a la joven generación; que si no se rescata al niño de esa institución que destruye mente y alma, la escuela burguesa, los males sociales continuarán existiendo. Tal vez pensaba con Ibsen que la atmósfera está poblada de espectros, que el hombre y la mujer tienen no pocas supersticiones que vencer. No bien podían salvar el mortal foso de un espectro, cuando he aquí que se encontraban de manos a boca esclavizados a otros tantos noventa y nueve espectros. En tal guisa, sólo muy pocos alcanzan la cima de una completa regeneración.

No obstante, el niño no tiene tradiciones que vencer. Su mente no está sobrecargada con ideas rancias, su corazón no ha crecido a frías con distinciones de casta y clase. El niño es para el maestro lo que la arcilla para el escultor. Que el mundo reciba una obra de arte o una lastimosa imitación depende en gran parte, del poder creador del maestro.

Reclus, Élisée - El Hombre y La Tierra (Tomo 4) (Escuela Moderna, 1906 ...Luisa Michel estaba superiormente dotada para interpretar el alma insaciable del infante. ¿No fue ella misma de naturaleza infantil, tan dulce y tierna, generosa y pura? El alma de Luisa ardía siempre, inflamada de indignación, ante toda injusticia social. Ella estaba invariablemente en las filas avanzadas, siempre que el pueblo de París se rebelaba contra cualquier desmán. Y como estaba hecha para sufrir encarcelamientos por su gran abnegación hacia los oprimidos, la pequeña escuela de Montmartre pronto dejó de existir. Pero la semilla se había sembrado y desde entonces ha producido frutos en muchas ciudades de Francia.

La tentativa más importante de una Escuela Moderna fue la del gran viejo -aunque de espíritu siempre joven- Paul Robin(1). Junto con unos pocos amigos estableció una amplia escuela en Cempuis, hermoso lugar en los aledaños de París. Paul Robin profesaba como elevado ideal algo más que simples ideas modernas en educación. Quería demostrar por medio de hechos actuales, que la concepción burguesa de la herencia no es sino un mero pretexto para eximir a la sociedad de sus terribles crímenes contra la infancia. El castigo que el niño debe sufrir por los pecados de sus padres, la idea de que debe debatirse en la pobreza y el fango, que está predestinado a convertirse en un ebrio o un criminal, justamente porque sus padres no le dejaron otro legado, era demasiado descabellada para el hermoso espíritu de Paul Robin. El creía que, fuere lo que fuere la parte que la herencia jugara, hay otros factores igualmente importantes, si no más importantes, que pueden y deben extirpar o disminuir la pseudo primera causa. Un medio social y económico adecuado, el aliento y la libertad de la naturaleza. gimnasia saludable, amor y simpatía, y, sobre todo, profunda comprensión de las necesidades del niño -todo esto destruiría el cruel, injusto y criminal estigma impuesto al inocente infante.

Paul Robin no seleccionaba a sus niños; él no acudía a los pseudo mejores padres: tomaba su material allí donde pudiera encontrarle. De la calle, de la cabaña, de las inclusas, de todos los grises y horribles lugares donde una sociedad malvada oculta sus víctimas para pacificar su conciencia culpable. Recogió todos los sucios, inmundos, temblorosos pequeños vagabundos que su establecimiento podía albergar y los trajo a Cempuis. Allí, rodeados por la gloria de la propia naturaleza, mantenidos aseados, profundamente amados y comprendidos, las jóvenes plantas humanas comenzaron a crecer, a florecer, a desarrollarse excediendo las esperanzas de su amigo y maestro Paul Robin. Los niños crecieron y se desarrollaron con la firmeza que da la confianza de sí mismo, varones y mujeres amantes de la libertad. ¿Qué peligro más grande para las instituciones que forjan pobres para perpetuar a los pobres? Cempuis fue clausurada por el gobierno francés bajo la acusación de co-educación, prohibida en Francia(2). Sin embargo, Cempuis había estado activa el tiempo suficiente para probar a todos los educadores avanzados sus formidables posibilidades y para servir como un empuje a los modernos métodos de educación, que son lentos pero minan inevitablemente el actual sistema.

Cempuis fue seguida de un gran número de otras tentativas educacionales -entre ellas la de Madelaine Vernet(3), poetisa y escritora talentosa, autora de L’Amour Libre, y la de Sebastián Faure, con su La Ruche(4), que yo visité cuando estuve en París, en 1907.

Algunos años antes el camarada Faure compró el terreno en el que construyó La Ruche. En un corto tiempo comparativamente logró transformar el antes agreste, incultivado campo en un terreno floreciente, teniendo todas las apariencias de una granja bien cuidada. Un patio cuadrado, amplio, limitado por tres edificios y un ancho camino que conduce al jardín y al huerto, saludan el ojo inquisidor del visitante. El huerto, cuidado como solamente un francés sabe hacerlo, suministra gran variedad de legumbres para La Ruche.

Sebastián Faure opina que si se somete al niño a influencias contradictorias, su desarrollo sufre en consecuencia. Solamente cuando las necesidades materiales, la higiene del hogar y el ambiente intelectual se armonizan puede el niño crecer como un ser sano, libre.

Refiriéndose a su escuela, Sebastián Faure emite la siguiente opinión:

«He tomado veinticuatro niños de ambos sexos, la mayoría huérfanos, o aquellos cuyos parientes son demasiado pobres para pagar. Son vestidos, alojados y educados a mis expensas. Hasta los doce años recibirán una elemental y perfecta educación. Entre la edad de doce y quince -continuando todavía sus estudios- se les enseña algo de comercio, teniendo en cuenta sus disposiciones y aptitudes individuales. Llega, por último, el día en que, libremente, dejan La Ruche para iniciar la vida en el mundo exterior con la seguridad que pueden, en cualquier momento, regresar a ella, donde serán recibidos con los brazos abiertos y se les dará la bienvenida, cual hacen los padres con sus amados hijos. Entonces, si desean trabajar en nuestro establecimiento, pueden hacerlo bajo estas condiciones: un tercio para cubrir sus gastos o sustento, otro tercio que se añade al capital general puesto aparte para acomodar nuevos niños, y el último tercio destinado a ser entregado para el uso personal del joven, como él o ella lo crean conveniente.

«La salud de los niños que están ahora a mi cuidado es excelente. El aire puro, la comida nutritiva, el ejercicio al aire libre, los largos paseos, la observancia de las reglas higiénicas, el breve e interesante método de instrucción, y, sobre todo, nuestra afectuosa comprensión y cuidado de los niños han producido admirables resultados físicos y mentales.

«Sería injusto afirmar que nuestros pupilos han realizado maravillas; pero, si tenemos en cuenta que pertenecen al término medio, no habiendo tenido oportunidades previas, los resultados son verdaderamente satisfactorios. La facultad más importante que han adquirido -un rasgo raro en los niños de la escuela ordinaria- es el amor al estudio, el deseo de conocer, de ser informado. Han aprendido un nuevo método de trabajo, uno que vivifica la memoria y estimula la imaginación. Hacemos un esfuerzo particular para despertar el interés del niño por lo que le rodea, con el propósito de hacerle descubrir la importancia de la observación, la investigación y la reflexión, de manera que cuando los niños alcancen la madurez no sean sordos y ciegos para las cosas que les circundan. Nuestros niños nunca aceptan nada con fe ciega, sin inquirir el por qué o el motivo; ni se sienten satisfechos hasta que sus preguntas son completamente contestadas. De este modo sus mentes están libres de dudas y temores resultantes de respuestas incompletas o carentes de verdad; esto último es lo que debilita el crecimiento del niño y crea una falta de confianza en sí mismo y en los que le rodean.

«Es sorprendente ver cuán francos y buenos y afectuosos son nuestros pequeños entre ellos mismos. La armonía que reina entre ellos y los adultos es en extremo animadora. Sentiríamos como una falta si los niños nos temieran u honraran simplemente porque somos sus mayores. No dejamos nada por hacer para ganar su confianza y amor; realizando esto, la comprensión reemplazará la duda; la confianza al temor, la afección a la severidad.

«Nadie ha descubierto plenamente todavía la riqueza de simpatía, bondad y generosidad oculta en el alma del niño. El esfuerzo de todo educador verdadero debería ser abrir ese tesoro -para estimular los impulsos del niño y hacer florecer sus mejores y más nobles tendencias-. ¿Qué premio más grande puede haber para un hombre cuya vida de trabajo es vigilar el crecimiento de la planta humana, ver cómo va desplegando sus pétalos y observar su desarrollo en una verdadera individualidad? Mis camaradas en La Ruche no desean premio más valioso, y es debido a ellos, a sus esfuerzos, más que al mío propio, que nuestro jardín humano promete producir hermosos frutos.»(5)

Refiriéndose al objeto de la historia y a la prevalencia de viejos métodos de instrucción, Sebastián Faure dice:

«Explicamos a nuestros niños que la verdadera historia está todavía por escribirse, la historia de los que han muerto, desconocidos, realizando esfuerzos para ayudar a la humanidad en la consecución de fines más grandes.»(6)

A Francisco Ferrer no podía escapar esta gran ola de tentativas por fundar la Escuela Moderna. Vislumbró sus posibilidades, no meramente bajo su aspecto teórico, sino en su aplicación práctica para las necesidades de todos los días. Debió caer en la cuenta que España, más que cualquier otro país, necesita precisamente de tales escuelas, si es que quiere deshacerse del doble yugo del hisopo y de la espada.

Cuando consideramos que el sistema entero de educación en España está en manos de la Iglesia Católica y cuando recordamos la fórmula católica: Inculcar el catolicismo en la mente del niño hasta la edad de nueve años; es arruinarlo inevitablemente para cualquier otra idea, comprendemos la enorme tarea de Ferrer al traer la nueva luz al pueblo. El destino le asistió pronto, proporcionándole lo que había menester para que pudiera llevar a buen término su gran sueño.

Mlle. Meunier, una pupila de Francisco Ferrer y dama de gran fortuna, interesóse por el proyecto de la Escuela Moderna. Cuando murió, legó a Ferrer algunas propiedades valiosas y doce mil francos anuales de renta para la Escuela.

Se ha dicho que almas levantadas no pueden concebir sino ideas elevadas. Si es así, los despreciables métodos de la Iglesia Católica para macular el carácter de Ferrer, con el fin de justificar su tenebroso crimen, puede explicarse sin muchos rodeos. De ahí que fuera difundida, en los periódicos católicos de América, la calumnia de que Ferrer usó de su intimidad con Mlle. Meunier para entrar en posesión de su peculio.

Personalmente, sostengo que la intimidad, sea ésta de cualquier naturaleza, entre un hombre y una mujer, es asunto exclusivo de ellos vedado a la intromisión ajena. No me extendería sobre este tópico, si no fuera por una de las numerosas y cobardes calumnias propaladas acerca de Ferrer. Por supuesto que los que conocen la pureza del clero católico comprenderán la insinuación. ¿Acaso han mirado los católicos alguna vez a la mujer como a algo que no sea una presa sexual? La crónica histórica referente a los descubrimientos en conventos y monasterios me llevaría muy lejos en esto. ¿Cómo, entonces, van a entender ellos la cooperación de un hombre y una mujer, excepto sobre una base sexual?

En puridad, Mlle. Meunier era considerablemente mayor que Ferrer. Habiendo transcurrido su infancia y adolescencia con un padre miserable y una madre sumisa, pudo apreciar fácilmente la necesidad del amor y la alegría en la vida del niño. Dióse cuenta que Ferrer era un maestro, que no era un producto deleznable de las instituciones docentes al uso, vale decir, una máquina con diploma, sino un hombre dotado de genio para esa vocación.

Con conocimientos vastos, con experiencia, con los medios necesarios y sobre todo ardiendo en la divina llama de su misión, nuestro camarada volvió a España y allí empezó el trabajo capital de su vida. El 19 de septiembre de 1901 fue abierta la primera Escuela Moderna. Fue recibida con estusiasmo por el pueblo de Barcelona que asumió la responsabilidad de sostenerla. En un breve discurso con ocasión de la apertura de la Escuela, Ferrer sometió su programa a sus amigos. Dijo:

«No soy un orador, ni un propagandista, ni un luchador. Soy un maestro; amo a los niños por sobre todas las cosas. Creo comprenderlos. Quiero contribuir a la causa de la libertad creando una joven generación que esté pronta a ponerse en contacto con una nueva era.»

Fue advertido por sus amigos que tuviera cuidado en su oposición a la Iglesia Católica. Sabían hasta dónde podía llegar ésta para abatir aun enemigo. Ferrer también lo sabía. Pero, a semejanza de Brand, creía en todo o en nada. No erigiría la Escuela Moderna sobre la misma antigua calumnia. Sería franco y honesto y abierto para con sus niños.

Francisco Ferrer llegó a ser un hombre notorio. Se le acechó desde el primer día de la apertura de la Escuela. El edificio de ésta fue vigilado; su pequeño hogar en Mangat, también. No se le perdía de vista un paso aun cuando fuera a Francia o Inglaterra para conferenciar con sus colegas. Estaba señalado y era sólo cuestión de tiempo para que el enemigo, acechador, le apretara el lazo corredizo.

Casi lo consiguen en 1906, cuando Ferrer fue envuelto en el atentado a la vida de Alfonso XIII(7). La evidencia que le eximía de culpa y cargo era demasiado patente, aun para los mismos cuervos negros; tuvieron que dejarle ir, no por buenos precisamente. Esperaban. ¡Oh!, pueden esperar cuando se han propuesto atrapar una víctima.

El momento llegó al fin, durante el levantamiento antimilitarista de España, en julio de 1909. Tendríamos que buscar en vano en los anales de la historia revolucionaria para encontrar una protesta más notable contra el militarismo. Habiendo vivido durante centurias oprimido por militares, el pueblo español no podía soportar ya más tiempo su yugo. No veían razón para ayudar a un gobierno despótico en someter y oprimir a un pueblo pequeño que luchaba por su independencia, como lo hacían los bravos rifeños. No, no emplearían las armas contra ellos.

Durante mil ochocientos años la Iglesia Católica ha predicado el evangelio de la paz. Y ahora, cuando el pueblo quería convertir actualmente el evangelio en realidad viviente, urgía a las autoridades para que lo forzara a levantarse en armas contra los marroquíes. Así, la dinastía española seguía los criminales métodos de la dinastía rusa, se forzaba al pueblo hacia el campo de batalla. Entonces, se colmó su capacidad de sufrimiento. Entonces, se revolvieron los trabajadores de España contra sus amos, contra los que, cual sanguijuelas, habían desangrado su fuerza, su preciosa sangre vital. Sí, atacaron las iglesias y los sacerdotes, pero si estos últimos tuvieran mil vidas, no podrían posiblemente pagar los terribles ultrajes y crímenes perpetrados contra el pueblo español.

Francisco Ferrer fue arrestado el primero de septiembre de 1909. Hasta el primero de octubre sus amigos y camaradas no supieron qué había sido de él. En este día se recibía una carta en l’Humanité, en la que se podía apreciar toda la ridiculez del proceso. Al día siguiente su compañera, Soledad Villafranca, recibía la siguiente carta:

No hay motivo para atormentarse; sabes que soy absolutamente inocente. Hoy estoy particularmente esperanzado y alegre. Es la primera vez que puedo escribirte y la primera que, desde mi arresto, puedo solazarme con los rayos del sol que entran a raudales por la ventanuca de mi celda. Tú también debes estar alegre.

Bien patético es que Ferrer, corriendo ya el 4 de octubre, no creyera que sería condenado a muerte. Pero más triste es aún que sus amigos y camaradas hubieran cometido hasta entonces el desatino de dar crédito al enemigo dotándolo de un sentido de justicia. Una y otra vez habían prestado fe a los poderes judiciales, sólo para ver a sus hermanos muertos ante sus propios ojos. No promovieron ninguna agitación para rescatar a Ferrer, ninguna protesta de cierta extensión, nada.

«Porque es imposible condenar a Ferrer; es inocente

Pero todo es posible tratándose de la Iglesia Católica. ¿No es un alma maldita experimentada, cuyas pruebas de sus enemigos son las peores parodias de la justicia?

El 4 de octubre Ferrer envió la siguiente carta a L’Humanité:

«Prisión Celular, 4 de octubre de 1909.

«Queridos amigos míos. No obstante la más absoluta inocencia, el fiscal exige la pena de muerte, basado en denuncias de la policía, que me presenta como el jefe de los anarquistas del mundo entero, dirigiendo los sindicatos de trabajadores de Francia y culpable de conspiraciones e insurrecciones en todas partes, declarando que mis viajes a Londres y París no fueron emprendidos con otro objeto.

«Con calumnias tan infames están tratando de enviarme al patíbulo.

«El mensajero está pronto para partir y yo no tengo tiempo para extenderme. Todas las evidencias presentadas al juez instructor por la policía no son más que un tejido de mentiras e insinuaciones calumniosas. Pero ninguna prueba en contra mía ha logrado éxito.

Ferrer».

El 13 de octubre de 1909, el corazón de Ferrer, tan valiente, tan firme, tan leal, fue acallado. ¡Míseros idiotas! La postrer palpitación agonizante de ese corazón acababa de morir cuando comenzó a latir en centenares de corazones del mundo civilizado hasta que creció en terrífico trueno, arrojando su maldición sobre los instigadores del tenebroso crimen. ¡Criminales de negra veste y devoto aire, en los estrados de la justicia! ¡Qué ironía!

¿Participó Francisco Ferrer en el levantamiento antimilitarista? Según la primera acusación que apareció en un periódico de Madrid, firmado por el Obispo y todos los prelados de Barcelona, no era acusado aún de participación. La acusación hacía hincapié en el hecho de que Francisco Ferrer era culpable de haber organizado escuelas ateas y haber difundido literatura atea. Pero en el siglo XX no se pueden quemar a los hombres simplemente por sus creencias ateas. Algo había que inventar, sin embargo; de ahí el cargo de instigar al levantamiento.

Por más que se hurgó para hallar en fuentes auténticas algún indicio que les permitiera fundar su participación en el levantamiento, nada encontraron. Pero entonces no se necesitaban las pruebas ni se aceptaban. Había setenta y cinco testigos -seguros- pero su testimonio fue tomado en forma manuscrita. Nunca fueron careados con Ferrer, ni él con ellos.

¿Es posible, psicológicamente, que Ferrer haya participado? Yo no lo creo, y aquí expongo mis razones: Francisco Ferrer no era solamente un gran maestro, sino también un maravilloso organizador. En ocho años, de 1901 a 1909, había organizado en España ciento nueve escuelas, amén de inducir al elemento liberal en su país a crear 308 más. En conexión con el trabajo de su propia escuela, Ferrer había establecido una imprenta moderna, organizado un cuerpo de traductores y esparcido a todos los vientos ciento cincuenta mil ejemplares de obras científicas y sociológicas modernas, sin olvidar la amplia cantidad de libros de texto racionalistas. Seguramente que nadie sino un organizador metódico y eficiente podía haber realizado tal hazaña.

La Gran Revolucion Francesa Kropotkin | MercadoLibrePor otra parte, se probó en absoluto que el levantamiento antimilitarista no fue preparado en modo alguno, que llegó como una sorpresa para el mismo pueblo, tal como un gran número de insurrecciones revolucionarias en anteriores ocasiones. El pueblo de Barcelona, por ejemplo, tuvo a la ciudad bajo su control durante cuatro días, y, según las declaraciones de los turistas, nunca reinó orden ni paz más perfectos. Por supuesto, el pueblo estaba tan poco preparado que cuando se presentó el momento no supo qué hacer. En este sentido se asemejaron al pueblo de París durante la Comuna de 1871. Estos, tampoco estaban preparados. Aunque moribundos, protegieron los almacenes rebosantes de prisioneros. Apostaron centinelas para cuidar el Banco de Francia, donde la burguesía guardaba el dinero robado. Los trabajadores de Barcelona -¡también ellos!- cuidaron el botín de sus amos.

¡Cuán triste es la estupidez de los miserables; cuán terriblemente trágica! Pero, entonces, ¿Se han introducido tan profundamente los grilletes en sus carnes que, aun pudíendo, no los rompieron?

El miedo a la autoridad, el respeto a la propiedad privada, cien veces maldecida para sus adentros, ¿cómo es que él no se decide a develarla e ir contra ellos? Tal vez no se haya preparado suficientemente para emprender esta acción.

¿Puede alguien afirmar por un momento que un hombre como Ferrer se afiliara a un esfuerzo tan espontáneo, tan desorganizado? ¿No hubiera sabido que se solucionaría con una derrota, una derrota desastrosa para el pueblo? ¿Y no es más evidente aún que si él hubiera participado, él, el experto organizador, habría planeado enteramente la tentativa? Si todas las otras pruebas fallaran, este solo factor sería suficiente para eximir a Francisco Ferrer. Pero hay otras igualmente convincentes.

Para el mismo día del levantamiento, julio 25, Ferrer había convocado a una conferencia a los maestros y miembros de la Liga de Educación Racionalista. Era necesario encarar el trabajo de otoño y particularmente la publicación del gran libro El Hombre y la Tierra, de Eliseo Reclus, y La Gran Revolución Francesa, de Pedro Kropotkin. ¿Es creíble, en modo alguno plausible que Ferrer, estando en antecedentes acerca del levantamiento, formando parte de él, invitara con sangre fría a sus amigos y colegas a Barcelona para el día en que él sabía que sus vidas estarían en peligro? Está claro, sólo la mente criminal y viciosa de un jesuita podía dar crédito a tal propósito deliberado.

Francisco Ferrer tenía su labor capital delineada; si se hubiese propuesto prestar auxilio a la insurrección, habría estado expuesto a perder todo y no ganar nada, salvo la ruina y el desastre. No es que dudara de la justicia de la ira del pueblo; pero su trabajo, su esperanza, la esencia toda de su vida se encaminaba hacia otra meta.

Caen en el vacío los frenéticos esfuerzos de la Iglesia Católica, sus imposturas, falsedades, calumnias. Ya es condenada por la conciencia humana despierta, de haber repetido una vez más los execrables crímenes del pasado.

Francisco Ferrer es acusado de enseñar a los niños las más estrafalarias ideas, de odiar a Dios, por ejemplo. ¡Qué horror! Ferrer no creía en la existencia de Dios. ¿Para qué enseñar a odiar al niño algo que no existe? ¿No es más creíble que llevara a los niños al aire libre, que les mostrara el esplendor del crepúsculo, la esplendidez del cielo tachonado de estrellas, la impresionante maravilla de las montañas y los mares; que les explicara de modo sencillo y directo la ley del crecimiento, del desarrollo, de la mutua relación de todas las cosas en la vida? Obrando así, hizo imposible para siempre que la semilla ponzoñosa de la Iglesia Católica se practicara un camino en la mente del infante.

Se había afirmado que Ferrer preparaba a los niños para destruir al rico. Historias fantásticas de viejas solteronas. ¿No es más presumible que los preparara para ayudar al pobre? ¿Que les enseñara que la humillación, la degradación, el temor de la pobreza, es un vicio y no una virtud; que sólo la dignidad y todo esfuerzo creador es lo que sostiene la vida y forma el carácter? ¿No es este el medio eficaz por excelencia de hacer la luz sobre la absoluta inutilidad y perjuicio del parasitismo?

Por último, se culpa a Ferrer de desmoralizar al ejército por la propaganda de ideas antimilitaristas. ¿Realmente? Debe haber creído, con Tolstoy, que la guerra es el asesinato legalizado que perpetúa el odio y la arrogancia, que roe el corazón de las naciones y las convierte en maniáticas frenéticas.

No obstante, poseemos las propias palabras de Ferrer referente a sus ideas sobre la educación moderna:

«Deseo fijar la atención de los que me leen sobre esta idea: todo el valor de la educación reside en el respeto de la voluntad física, intelectual y moral del niño. Así como en ciencia no hay demostración posible más que por los hechos, así también no es verdadera educación sino la que está exenta de todo dogmatismo, que deja al propio niño la dirección de su esfuerzo y que no se propone sino secundarle en su manifestación. Pero no hay nada más fácil que alterar esta significación, y nada más difícil que respetarla. El educador que impone, obliga, violenta siempre; el verdadero educador es el que, contra sus propias ideas y sus voluntades, puede defender al niño, apelando en mayor grado a las energías propias del mismo niño.

Por esta consideración puede juzgarse con qué facilidad se modela la educación y cuán fácil es la tarea de los que quieren dominar al individuo. Los mejores métodos que pueden revelárse, entre sus manos se convierten en otros tantos instrumentos más poderosos y perfectos de dominación. Nuestro ideal es el de la ciencia y a él recurriremos en demanda del poder de educar al niño favoreciendo su desarrollo por la satisfacción de todas sus necesidades a medida que se manifiesten y se desarrollen.

Estamos persuadidos de que la educación del porvenir será una educación en absoluto espontánea; claro está que no nos es posible realizarla todavía, pero la evolución de los métodos en el sentido de una comprensión más amplia de los fenómenos de la vida, y el hecho de que todo perfeccionamiento significa la supresión de una violencia, todo ello nos indica que estamos en terreno verdadero cuando esperamos de la ciencia la liberación del niño.

No temamos decirlo: queremos hombres capaces de evolucionar incesantemente; capaces de destruir, de renovar constantemente los medios y de renovarse ellos mismos; hombres cuya independencia intelectual sea la fuerza suprema, que no se sujeten jamás a nada; dispuestos siempre a aceptar lo mejor, dichosos por el triunfo de las ideas nuevas en una sola vida. La sociedad teme tales hombres: no puede, pues, esperarse que quiera jamás una educación capaz de producirlos.

Seguiremos atentamente los trabajos de los sabios que estudian al niño, y nos apresuraremos a buscar los medios de aplicar sus experiencias a la educación que queremos fundar, en el sentido de una liberación completa del individuo. Mas ¿cómo conseguiremos nuestro objeto? Poniendo directamente manos a la obra, favoreciendo la fundación de escuelas nuevas donde, en lo posible, se establezca este espíritu de libertad que presentimos ha de dominar toda la obra de la educación del porvenir.

Se ha hecho ya una demostración que por el momento puede dar excelentes resultados. Podemos destruir todo cuanto en la escuela actual responde a la organización de la violencia, los medios artificiales donde los niños se hallan alejados de la naturaleza y de la vida, la disciplina intelectual y moral de que se sirven para imponerle pensamientos hechos, creencias que aniquilan y depravan las voluntades. Sin temor de engañarnos podemos poner al niño en el medio que le solicita, el medio natural donde se ama y donde las impresiones vitales reemplazarán a las fastidiosas lecciones de palabras. Si no hiciéramos más que esto, habríamos preparado en gran parte la emancipación del niño.

Bien sé que no podríamos realizar así todas nuestras esperanzas; que frecuentemente nos veríamos obligados, por carencia de saber, a emplear medios reprobables; pero una certidumbre nos sostendría en nuestros empeños, a saber: que sin alcanzar aún completamente nuestro objeto, haríamos más y mejor, a pesar de la imperfección de nuestra obra, que lo que realiza la escuela actual. Prefiero la espontaneidad libre del niño que nada sabe, a la instrucción de palabras y la deformación intelectual de un niño que ha sufrido la educación que se da actualmente».

Si Ferrer hubiese organizado realmente a los rebeldes, si hubiera luchado en las barricadas, si hubiera arrojado un centenar de bombas no podría haber sido tan peligroso a la Iglesia Católica y al despotismo como con su oposición a la disciplina y a la coacción. La disciplina y la coacción ¿no son la esencia de todos los males del mundo? La esclavitud, la sumisión, la pobreza, toda la miseria, todas las iniquidades sociales resultan de la disciplina y la coacción. En efecto, Ferrer era peligroso. De ahí que fuera condenado a morir el 13 de octubre de 1909 en el foso de Montjuich. Ahora ¿quién osa afirmar que ha muerto en vano? En vista del inusitado movimiento de indignación universal: Italia nombrando calles en memoria de Francisco Ferrer; Bélgica iniciando un movimiento para erigirle un monumento; Francia movilizando a sus varones más ilustres para recibir y continuar la herencia del mártir; Inglaterra que se adelanta a las otras naciones y publica su biografía; todos los países uniéndose con el propósito de perpetuar la gran obra de Francisco Ferrer; los EEUU también, tardía siempre en ideas progresistas, fundando una Asociación Francisco Ferrer, que se propone como fin principal publicar la vida completa de Ferrer y organizar Escuelas Modernas a través de todo el país. Frente a esta ola revolucionaria internacional, ¿quién osaría decir que Francisco Ferrer murió en vano?

¡Qué maravillosa, qué dramática fue la muerte en Montjuich, y cómo estremece el alma humana! Altanero y firme, la mirada interior vuelta hacia la luz, Francisco Ferrer no necesitó sacerdotes que le dieran ánimo, ni hizo reproches a nadie porque le obligaban a dejar este mundo. La conciencia de que sus ejecutores representaban una era moribunda y que él era la verdad naciente, le sostuvo en los heroicos momentos finales.

Una era moribunda y una verdad viviente,

Los vivos enterrando a los muertos.

Notas:

[1] Paul Robin (1837 — 1912) Pedagogo libertario, pionero de la educación integral. Fue miembro de la Primera Internacional, cercano a Bakunin y activista neomalthusiano de la Liga de Regeneración Humana. Sobre Paul Robin, ver, entre otros, Paul Robin, educador. Un pedagogo desconocido, y Paul Robin y Regeneración. [NDT]

[2] Fue uno de los primeros experimentos de coeducación. Vere sobre este tema Un precursor de la coeducación: Paul Robin y la coeducación de los sexos (Christiane Demeulenaere-Douyère). [NDT]

[3] Madeleine Eugénie Cavelier, conocida como Madeleine Vernet (1878 — 1949), educadora, escritora y activista pacifista libertaria. En 1906, fundó, con Louis Tribier, el orfanato L’Avenir social en Neuilly-Plaisance. Colaboró con Libertaire y los Temps Nouveaux. Durante la guerra participó en la fundación de la Liga de Mujeres contra la guerra. Ver, por ejemplo, Feminismo francés a prueba de guerra, Madeleine Vernet: itinerario de una feminista pacifista (Anna Norris) y A las madres (Madeleine Vernet, 1916), así como el libro de Hugues Lenoir, Madeleine Vernet, en Libertarian World Editions. [NDT]

[4] Sobre este tema «La colmena» de Sébastien Faure en La Enciclopedia Anarquista. [NDT]

[5] Madre Tierra, 1907. [Nota de EG]

[6] ibíd. [Nota de EG]

[7] Alfonso XIII. [NDT]

[8] Podemos leer al respecto, 1909: El caso Ferrer levanta a las multitudes contra la Iglesia Católica. [NDT]

[9] Madre Tierra, diciembre de 1909. [Nota de EG]

Colonialismo travestido en movimiento de liberación nacional

El juego imperial

 

🤔¿Están borrando al anarquismo?🏴

  • En los últimos años, la irrupción de pensamiento alucinógeno de la intelectualidad de las izquierdas, están desnaturalizando a la filosofía clásica del anarquismo y su componente racionalista.

Xavier Diez

Un paseo por Manhattan

Metallic Weathered Letter A 3D Illustration Monogram - Playgroundgosto de 2019. Habiéndose enterado de que estaba en Nueva York, el periodista y buen amigo Andreu Barnils me llamó para quedar con él y pasar un día juntos. Barnils, que pasa todos los veranos en la ciudad con su familia americana, conoce bien mis investigaciones sobre el movimiento libertario y mi curiosidad por todo lo relacionado con la historia del anarquismo. Por ello, me propuso visitar una de las principales librerías del Lower East Side de Manhattan, especializada en todo lo relacionado con el anarquismo.

Sin embargo, al empezar a pasearnos por los estantes, al hojear algunos de los libros expuestos, empezó a emerger un cierto sentimiento de decepción. En muy poco tiempo, el establecimiento, sin cambiar de nombre ni de carácter agitador, había cambiado radicalmente de orientación. Apenas unos pocos clásicos reeditados, algún volumen de Noam Chomsky —no precisamente los más interesantes— y poca cosa más. El resto, diría que entre el 80 y el 90% de la oferta, eran libros sobre gordofobia, orgullo LGTBIQ+ (juraría que me dejo alguna letra), crianza trans, islamofeminismo (defensa del velo incluida), antirracismo (básicamente, racismo antiblanco), pensamiento decolonial (más de medio siglo después de la descolonización), mucha sexualidad poco convencional, exaltación de las virtudes del veganismo y toneladas de páginas que, básicamente, versaban sobre lo que podríamos definir como ombliguismo.

O, si me permiten una versión menos coloquial, una especie de teología del yo: visiones periféricas del mundo, exaltación del victimismo y criminalización de la discreción, así como de la vida y apariencia convencionales. No se podía hallar nada de Bakunin, de Kropotkin, poco de Proudhon, mientras que en las zonas privilegiadas abundaban textos de Judith Butler, Kimberlé Crenshaw, Frantz Fanon, Ibram X. Kendi y otros que, en los últimos años, he ido conociendo y analizando. También mucho Marx —el más periférico, el de los papeles de juventud que él mismo repudió— y algo de Freud.

El auge del wokismo y la interseccionalidad

Como soy una persona curiosa, fue quizá la primera vez que empecé a familiarizarme con las teorías de la nueva izquierda. Todo aquello que ha quedado bajo la denominación, con ansias denigratorias, de wokismo —término surgido entre activistas afroamericanos hace casi un siglo— y que hoy acaba designando toda esta inmensa fragmentación de luchas particulares que dominan los espacios académicos y el activismo de izquierdas.

Así, por ejemplo, empecé a introducirme en la teoría de la interseccionalidad, que básicamente consiste en establecer una interminable taxonomía de categorías a partir de la dialéctica discriminación/privilegio. Así, ser mujer puntúa más que ser hombre; ser racializada, todavía más; ser trans, musulmana, gorda o poseer cualquier otra característica da el “premio gordo” (sic). En cambio, apenas se habla de elementos como la cuestión de la clase social, la posición que ocupa un individuo en la producción o su acceso a los recursos materiales.

El espacio que cada uno ocupa en la dinámica discriminación/privilegio implica que a las víctimas se les debe compensar, mientras que a los privilegiados se les debe desposeer. Esto podría sonar bien, pero en cuanto miramos la letra pequeña, supone, en la práctica, que la persona trans, gorda, vegana y racializada puede ser, por ejemplo, la CEO de una empresa tecnológica al más puro estilo Elon Musk, mientras que el hombre blanco, de mediana edad y heterosexual, en realidad sea un precario dependiente del Walmart (una versión aún más cutre del Mercadona, donde los sindicatos están prohibidos).

¿Qué sucede, entonces? Nada: en una relación fundamentada en el resentimiento acumulado secularmente, a la víctima se le debe premiar, y al opresor blanco, se le debe castigar. No se tienen en cuenta ni méritos ni deméritos, ni pensamientos ni acciones. No se valora en función del hacer o tener, sino del “ser”. En otras palabras, el retorno a una especie de determinismo feudal donde la responsabilidad está asociada a la condición, nunca a la acción.

Cultura de la cancelación y resentimiento

Una vez, un colega norteamericano, profesor jubilado de universidad, me explicó que esta técnica “interseccional” ha servido para deshacerse de competidores en los departamentos académicos. Componentes de la burguesía afroamericana echando a colegas suyos blancos y maduros, a base de crear un clima de intimidación en lo que se conoce como “cultura de la cancelación”.

Graduadas en estudios de antropología cultural que, ocupando espacios estratégicos en las facultades, cierran departamentos de historia, de literatura, de filosofía, porque no son “suficientemente inclusivos”, o explican cosas (como la historia de la esclavitud, las obras de Shakespeare con la mentalidad del siglo XVII) que incomodan a algunos estudiantes. Se crea así una cultura del resentimiento y el miedo en la que la objetividad es siempre censurable, porque importan más los sentimientos que la realidad.

Decepción y desplazamiento del anarquismo

Como Barnils, salí algo decepcionado de la librería. Era el mismo espacio, probablemente una clientela similar, un ambiente contracultural equivalente, pero un concepto radicalmente diferente. Poco más tarde, empecé a preocuparme, puesto que esta tendencia de sustituir el anarquismo (u otras corrientes tradicionales de izquierda) por un conjunto de teorías… ¿cómo decirlo sin ofender a nadie?… ¿psicodélicas?, empezaba a trasladarse a Europa en menos tiempo del imaginado.

Los mismos libros, los mismos autores, las mismas ideas fueron apropiándose del catálogo de las editoriales militantes, de las ferias del libro anarquista y de las librerías de vocación social de nuestro país. Y el proceso empezaba a ser similar, con actores parecidos, objetivos semejantes y una misma hostilidad hacia el viejo mundo. No solamente contra los hombres blancos heterosexuales de mediana edad, como es mi caso, sino respecto a otros señores blancos, heterosexuales de mediana edad como Bakunin, Trotski, Tolstoi, Proudhon, Mella, Montseny padre, Seguí o tantos otros nombres que pusieron las bases al discurso, en términos de Gian Pietro Berti, más genuinamente liberal de las ideas filosóficas.

Aproximación intelectual y marginalidad

Confieso que me aproximé al anarquismo, ya hace más de treinta años, desde una perspectiva intelectual. Efectivamente, el movimiento libertario siempre me ha resultado muy atrayente, básicamente por buena parte de sus postulados filosóficos, y por cómo eran capaces de dar respuesta a los desafíos políticos y sociales derivados de su tiempo.

Pero, habiéndome educado de la manera más convencional posible, es decir, desde la universidad, a la salida de mi carrera de filosofía y letras era claramente consciente de mi más absoluta ignorancia sobre el tema. Normal, si tenemos en cuenta que las instituciones académicas en general, y unos profesores que tuve, de mayoritaria adscripción marxista en particular, no les interesaba explicar una de las más trascendentales escuelas filosóficas de la contemporaneidad, que generalmente rompía con el relato oficial y el oficioso.

Investigación y tesis doctoral

Así que no tuve más remedio que ponerme a estudiar por mi cuenta. Y, para ello, nada mejor que elaborar una tesis doctoral. Una tesis representa algo así como unos cuantos años de soledad. Estás con un tema complejo que debes desenredar, debes ser paciente, indagar, descubrir, impregnarte, no solamente de unas lecturas, sino de una atmósfera y una forma de pensar. Y, ciertamente, las teorías libertarias, a partir de sus continuidades filosóficas y propuestas políticas, son un marco necesario para poder analizar un tema en particular.

El anarquismo individualista y sus tensiones

Y curiosamente, me dediqué a investigar una corriente, en aquellos momentos poco conocida y coetáneamente considerada marginal, dentro del campo libertario. Se trataba del anarquismo individualista, un movimiento que precisamente abordaba cuestiones como las que podía hallar en aquella biblioteca del sur de Manhattan.

Así, cuestiones como la libertad sexual, los conceptos plurales de feminismo, el eclecticismo filosófico, el amor libre, el vegetarianismo, el naturismo, el eugenismo y tantas otras cosas que, visto en perspectiva, actúan como precedentes de las corrientes culturales que dominan hoy la mayoría de las izquierdas.

Era un discurso a contracorriente, fundamentado en la emancipación, no tanto de la sociedad en general como de los convencionalismos morales. Arrancando desde sociedades librepensadoras de finales del siglo XIX, el movimiento arraigó muy especialmente en Francia y en Estados Unidos durante el primer cuarto del siglo XX, y tuvo su reflejo especialmente en Cataluña y el País Valenciano.

De hecho, la Revista Blanca de la familia Montseny fue una de las que informaron y dieron voz a estas tendencias. Sin embargo, desde la corriente principal —un anarcosindicalismo hegemónico a partir de la creación de la CNT— se emitieron bastantes críticas y hubo numerosas tensiones entre individualistas y sindicalistas. Unos acusaban a otros de ensimismarse con cuestiones accesorias a las luchas del proletariado, y otros acusaban a los unos de resultar excesivamente conservadores, incluso carcas.

Max Nettlau y la dispersión de tendencias

Fue, sin embargo, la lectura de la obra de Max Nettlau, historiador austriaco del movimiento libertario, considerado “el Herodoto de la anarquía”, quien me ofreció una crítica más sólida y coherente contra este espacio filosófico.

Nettlau, precisamente un amigo muy querido de la familia Montseny, habitual invitado de la calle Escornalbou y colaborador habitual en La Revista Blanca, en su obra La anarquía a través de los tiempos, dedicó un interesante capítulo al anarquismo francés de principios del siglo XX en que advertía del peligro de esta corriente a partir del concepto “dispersión de tendencias”.

Para este historiador, buena parte del declive del anarquismo en Francia, probablemente el país con mayor peso del movimiento durante el siglo XX tenía que ver con el abrazo respecto a estas tendencias. Y fue así como, a pesar de sus inicios en París, el anarcosindicalismo acabó perdiendo la batalla con el marxismo, y finalmente el comunismo acabó apropiándose de la CGT.

Contracultura, revolución sexual y alienación

En mi tesis ya expliqué la fortaleza e influencia de este conjunto de ideas, especialmente hasta la década de los años 30, las cuales fundamentaron la eclosión de la contracultura y los movimientos emancipadores respecto a cuestiones relacionadas con la revolución sexual que enraizaron fuertemente en Occidente a partir de mayo de 1968.

En cierta manera, y no es una crítica, puesto que la liberación de las costumbres y la fuerza del individualismo consiguieron romper con determinadas rigideces morales tan opresivas como la sociedad de clases, todo este conjunto de ideas modeló claramente nuestra contemporaneidad, nuestra manera de pensar y actuar vigentes, en las que las libertades personales implicaban un mundo de menores ataduras personales y el dogmatismo reinante entre una parte substancial del movimiento obrero.

Todo progreso, sin embargo, suele poseer dos caras. La mayoría de la gente pudo tener un mayor control de sus vidas y vivirlas con mayor plenitud. Pero, a su vez, la plaga del individualismo, junto con una sociedad de consumo con gran capacidad de alienación, actuó como disolvente respecto a los lazos sociales y la comunidad.

Wokismo, alienación y pérdida de raíces

En esta era de wokismo, en la que la reivindicación de las minorías parece desplazar al interés común, estamos dando pasos hacia adelante, aunque no tenemos demasiado claro en qué dirección. O quizá sí: en dirección al ombligo de cada uno de nosotros.

El individualismo es emancipador cuando se libera de determinadas rigideces y homogeneidades, aunque también puede ser opresor cuando nos convertimos en siervos de nuestros propios caprichos u obsesiones. Y, sobre todo, puede generar una peligrosa alienación. La alienación del yo respecto al “nosotros”. Peor aún: nos aliena respecto a un pasado compartido y a una tradición que es la que nos permite disponer de raíces con lo que nos hermana.

Reflexión final: entre la estética y la ética

Tengo la sensación, cada vez que acudo —cada vez menos— a actos relacionados con el movimiento libertario, de quedar fuera de lugar, de ser contemplado como un anacronismo al observar a jóvenes militantes seducidos más por una estética que por una ética genuinamente anarquista.

Se ven muchas más banderas libertarias que hace tres décadas, cuando éramos media docena de historiadores dedicados a investigar el pasado anarquista. Me siento como un pulpo en un garaje al oír hablar a algunos militantes de la importancia de acabar con la opresión de las personas “de peso no normativo”, al denunciar la gordofobia como elemento fundamental de las opresiones contemporáneas, o considerar a los férreos partidarios del movimiento LGTBIQX+ como el elemento central de la existencia.

¡Como si tuviera alguna relevancia la condición física o las preferencias sexuales de cualquier persona!, cosa que, por lo menos para mí, no la tiene. Percibo, preocupado, cómo tantas personas enarbolan enfervorizadamente las banderas rojinegras, ante militantes que desconocen a Bakunin o Kropotkin, o que desautorizan a Proudhon por ser un heteropatriarcal opresor.

Me molesta profundamente esta época de eslóganes vacíos sin análisis ni pensamiento. Creo que esto fue lo que le pasó por la cabeza a Federica Montseny cuando fue invitada, como ponente, a las jornadas libertarias de Montjuïc en 1977, cuando, efectivamente, había muchos jóvenes con muchas ganas de revolución, aunque sin tener ideas claras y demasiada confusión sobre lo que representaban aquellas banderas que inundaban aquel espacio tan lleno de esperanzas, posteriormente defraudadas.

Epílogo: responsabilidad con el pasado

En cierta manera, estamos viviendo una especie de Revolución Cultural maoísta, con su punto de histeria e irracionalidad dispuesta a romper con el pasado. Y es justo lo que los adversarios del socialismo emancipador anhelaban: sin raíces, cualquier disidencia es frágil y voluble.

Los libertarios de hace un siglo eran capaces de construir un discurso sólido, de generar ideas fuertes a base de debates sustantivos. Creo que tenemos responsabilidad respecto al pasado, que es la mejor manera de ejercer responsabilidad ante el futuro.

No a las guerras, no con nuestro dinero 15/04/26

🎓Amenazan con multas a representantes sindicales de la Universidad Complutense💶.

por la huelga por Palestina del pasado 15 de octubre de 2025

Download E, Letter, Font. Royalty-Free Stock Illustration Image - Pixabayl pasado 15 de octubre de 2025, en el contexto de la ola de movilización contra el genocidio en Palestina, multiples organizaciones sociales apoyaron huelgas en los centros de trabajo: : huelga general a nivel estatal por parte de CGT y paros parciales por parte de UGT y CCOO.

En el caso de la Universidad Complutense, los piquetes informativos se desarrollaron con plena normalidad desde por la mañana, y a las 10:30 nos concentramos en la plaza central de Ciudad Universitaria para ir hacia el Rectorado de la UCM, en el marco de las actividades propias de unos piquetes de huelga dentro de nuestro propio centro de trabajo.

De manera completamente injustificada, la policía nacional bloqueó a los piquetes de la plaza de Ciudad Universitaria, y nos retuvo durante aproximadamente una hora, ya que según la percepción policial existía el riesgo de que hiciésemos algo distinto. En ese tiempo de retención, la policía identificó a los responsables sindicales de CGT-UCM y CCOO-UCM, así como a miembros del equipo jurídico que estuvimos interlocutando con los agentes para poder ejercer nuestros derechos. Finalmente, tras una hora de bloqueo, acordamos una manifestación hacia el Rectorado de la UPM, que se realizó con total normalidad. Hay que destacar que en todo momento hubo un diálogo constante con las fuerzas policiales, con el objetivo de que no hubiese ninguna incidencia en una movilización tan importante.

Ahora, más de 5 meses después, la Delegación del Gobierno en Madrid tras una denuncia policial, acaba de notificarnos a 4 de los interlocutores con la policía, tres representantes sindicales  de CGT y uno CCOO, propuestas de sanción de 600 euros por una «concentración no convocada».

¿Cómo se justifica esta represión económica, en el contexto de una huelga general convocada, y con el motivo además del genocidio en Palestina? Hemos conocido recientemente que 4 personas se enfrentan a penas de cárcel por las protestas de la Vuelta ciclista, varias personas han sido multadas en Cantabria, y en el año 2025, las vulneraciones del derecho a la protesta crecieron en al menos un 66%.. Frente a la realidad, el propio Pedro Sánchez dijo el pasado 25 de marzo  en el Congreso que «no hubo represión el año pasado durante las protestas en favor del pueblo palestino». Y solo hasta 2024, la  Ley Mordaza realizó al  menos 2,5 millones de sanciones y recaudó 1500 millones de euros a las arcas del Estado.

Estas propuestas de multas, al igual que la actuación policial el día de la huelga, no sólo se basan en datos inciertos, sino que vulneran los derechos fundamentales de huelga y libertad sindical, reunión y autonomía universitaria. Desde CCOO-UCM y CGT-UCM hemos consensuado oponernos y no pagar estas injustificadas amenazas de sanción y anunciamos que recurriremos por vía administrativa y judicial para que se repare este atropello. Además, exigimos:

  • Al Delegado de Gobierno de Madrid, Francisco Martín Aguirre, no solo que archive inmediato de los expedientes sancionadores, sino que dé una explicación política inmediata, dirigida tanto a la ciudadanía como a sus superiores, acerca de estas prácticas antisindicales e ilegales.
  • Al Rector de la Universidad Complutense de Madrid, que aclare si solicitó la intervención policial contra los piquetes el día de la huelga del 15/10, y que se pronuncie sobre si le parece compatible con la legalidad y con su idea de la autonomía universitaria que se coarte y multe a representantes sindicales de la UCM cuando ejercen su derecho al conflicto colectivo.
  • A ambas autoridades, que asuman el papel central del derecho a la huelga, de manifestación y de autonomía universitaria como mecanismo institucional de defensa frente a los ataques a la universidad pública y a la Universidad Complutense, y que se comprometan formalmente a respetar la legalidad y evitar prácticas antisindicales similares en el futuro.

🗓Cádiz: Los soldadores del metal ‘vetados’🖋

🍔Ahora todos somos trabajadores de comida rápida🍟

📣Dos años de genocidio🍉

Fondation Besnard

How To Write A Letter N at Donna Hill bloguestros medios todavía se atreven a decir que el término genocidio es «controvertido».

¿Hasta dónde llegarán en bajeza y negación? Durante años, no vieron la ocupación militar, el bloqueo inhumano de Gaza, la miles de adolescentes baleados o lisiados en el Territorio Ocupado o durante la pasos de retorno. Y hoy en día, no les importan mucho los crímenes de guerra cometidos por la fuerza aérea israelí sobre la población civil de Gaza.

Los trágicos acontecimientos del 7 de octubre de 2023 sirvieron de pretexto para la implementación de un genocidio probablemente previsto durante mucho tiempo.

Lo indecible

Durante dos años han ocurrido horrores inimaginables: el ataque deliberado contra la población de Gaza, más de 65.000 cadáveres identificados, probablemente 200.000 muertos. Incluso el ejército israelí reconoce que la abrumadora mayoría de las víctimas son civiles y especialmente niños. Los hospitales están siendo destruidos, las enfermeras asesinadas o secuestradas, los periodistas son atacados deliberadamente. Gaza tiene el 90% de su infraestructura destruía, las personas son desplazadas constantemente y ya no encuentran refugio y, en última instancia, una organización sistemática de la hambruna acompañada del ametrallamiento de quienes buscan comida. Mientras tanto, en Cisjordania, la colonización, las expropiaciones y los asesinatos se han multiplicado, mostrando claramente el objetivo del colonizador: matar o expulsar a todos los seres humanos. Asociaciones de derechos humanos, la ONU y especialistas en genocidio, incluidos israelíes, dicen que se está produciendo un genocidio en Gaza.

Para la UJFP, una organización judía que lleva la memoria del Judeocidio, los «valores» de los asesinos de hoy se parecen extrañamente a los de quienes exterminaron a los nuestros.

Durante más de un siglo, el sionismo ha sido la conjunción de la negación, el hecho consumado y la impunidad de una política colonial.

La negación fue afirmar en 1948 que «los árabes se fueron solos» cuando había sido una limpieza étnica premeditada durante décadas. Hoy es pretender que Israel es una víctima del 7 de octubre que «tiene derecho a defenderse». Tenemos derecho a defendernos de un país que te ataca, no de un pueblo que ocupamos. Negar es afirmar que respetamos el derecho internacional cuando nos hemos comprometido a destruirlo totalmente.

El hecho consumado es sentarse en todas las resoluciones internacionales, en particular la resolución 194 de la ONU que exigía el regreso de los refugiados palestinos (1948) y la resolución 242 que exigía la retirada de los territorios ocupados (1967). Hoy es la ruptura unilateral de las treguas en Gaza. Significa aterrorizar a todos los vecinos de Israel bombardeándolos y / u ocupándolos: Líbano, Siria, Yemen, Irán, Qatar.

Impunidad, durante años, este ha sido el paraguas diplomático y militar de Estados Unidos y los acuerdos económicos con la Unión Europea mantenidos o amplificados en el último período. Ahora hay más de 800.000 colonos, mientras que oficialmente el asentamiento de Cisjordania es «ilegal». La impunidad significa embarcaciones abordadas durante décadas en aguas internacionales (hubo 10 muertes en el Mavi Marmara en 2010) sin ninguna sanción. Como resultado, Israel continúa atacando y abordando las flotillas. Pero la salida al mar de cientos de seguidores marca un punto de inflexión.

Este genocidio ha sido posible gracias a una triple complicidad.

  1. La de los Estados Unidos, por supuesto. Y esto, mucho antes de Trump. Obama le ofreció a Israel una «cúpula de hierro» por 38 mil millones de dólares. Y Biden armó a los genocidas hasta el final de su mandato. Por supuesto, con Trump, es peor. El hombre se permite evocar y programar la transformación de Gaza en una «Riviera». El colonialismo de reemplazo, hay que decirlo, está en el origen mismo de los Estados Unidos.
  2. La de los principales líderes árabes. Las petromonarquías feudales, patriarcales y esclavistas del Golfo impusieron su modelo. Pertenecen al mismo mundo capitalista que los líderes israelíes y al mismo campo imperialista. La firma de los acuerdos de Abraham y la negativa a brindar asistencia al pueblo palestino permite el genocidio.
  3. La complicidad europea, y en particular la francesa, es un escándalo absoluto. Complicidad política, económica y comercial, mientras que más del 50% del comercio israelí es con la Unión Europea.
    • Complicidad militar:
      • Gran Bretaña alberga fábricas de Elbit,
      • Alemania es el segundo mayor proveedor de armas a Israel y
      • Francia vende componentes(en particular los fabricados por la fábrica Eurolinks en Marsella).
    • Complicidad mediática: casi todos los medios hacen suyas las palabras de los genocidas sobre «los ataques terroristas de Hamas» ignorando durante mucho tiempo los gritos que salen de Gaza.
    • Complicidad policial y judicial: los juicios llueven sobre todos los solidarios, con una ferocidad particular cuando son jóvenes y árabes. Se les acusa sistemáticamente de «disculparse por el terrorismo». En Marsella, 120 personas que protestaban contra la fábrica de Eurolinks fueron detenidas.
    • Complicidad ideológica: el enemigo común de los líderes europeos e israelíes es el musulmán. Por último,
    • la complicidad bancaria: cada vez es más difícil enviar dinero a Palestina.

Detén este horror

Hay una oposición valiente en Israel. Se ha radicalizado y cuestiona el sionismo. Pero es muy minoritaria. Es una ilusión pensar que, sin sanciones, habrá una ruptura del frente interno en Israel. Todas las encuestas muestran que una clara mayoría de judíos israelíes quiere «acabar con Gaza». Los líderes repiten a voluntad que los palestinos son «animales humanos» o amalecitas. La mayoría de los oponentes de Netanyahu no son mejores que él: Benny Ganz dijo en 2014 que iba a reducir Gaza a la Edad de Piedra y Naftali Bennett (favorito en las encuestas) explicó que había matado a muchos árabes en su vida y que no veía el problema. Todos los días, los habitantes de Gaza lloran su dolor, la dificultad de sobrevivir y vivir con la muerte omnipresente. Resisten, se organizan colectivamente para encontrar refugios, para comer, para educar a los niños, para beneficiarse de la ayuda psicológica. Más que nada, quieren que se detenga la masacre, que puedan irse a casa, aunque todo ha sido destruido.

El plan Trump es evidentemente una vez más un intento imperialista y neocolonial de ignorar a los palestinos. En 1917, el imperialismo británico entregó Palestina a los sionistas. En 1920, la Sociedad de Naciones creía que el mandato británico tenía la intención de llevar a los palestinos a la madurez. Hoy, Trump quiere enviar a Blair a Gaza. Recordemos que ese es el hombre de la invasión de Irak. Parece que allí había «armas de destrucción masiva», una gran mentira. Como resultado, cientos de miles de muertos y un país destruido.

Hay una gran diferencia entre lo que está escrito en el texto negociado en Egipto y lo que dicen Trump y Netanyahu. El texto dice que cientos de prisioneros palestinos, incluidos los condenados a cadena perpetua, serían liberados. Dice que Israel evacuaría Gaza y que 500 camiones entrarían en Gaza todos los días. Estos puntos, de obtenerse, serían una victoria. Netanyahu dice lo contrario y se está preparando para torpedear todo como ya lo ha hecho varias veces.

Dos años después del inicio del genocidio, la UJFP está más que nunca al lado del Pueblo palestino, por la libertad, la justicia y la igualdad. La imagen de Israel se ha derrumbado, BDS está cosechando éxitos. Hay una prioridad: debemos imponer sanciones.

La Coordinación Nacional de la UJFP, 7 de octubre de 2025

📖Ensayos sobre el naturalismo dialéctico (1996)🌳

 

Murray Bookchin

 

Letter E With Design - Letter Style Suggestionsn una época de profunda descomposición social y fragmentación intelectual, no es de extrañar que el eclecticismo de retazos y la moda ideológica estén corroyendo gravemente la noción misma de pensamiento coherente[48]. Aunque este deterioro ideológico se ha producido en periodos anteriores de decadencia social, cabría esperar que el pensamiento ecológico -con su énfasis en lo orgánico, lo holístico y lo evolutivo- hubiera proporcionado un terreno ideológico desde el que resistir a la fragmentación general de nuestro tiempo. Trágicamente, esta esperanza no se ha cumplido. De hecho, algunas ecofilosofías, lejos de contrarrestar la tendencia hacia el eclecticismo y a la moda, la han reforzado.

En este ensayo, criticaré tres de estas tendencias: la idealización occidental de ciertos principios del pensamiento oriental que oscurece la tradición orgánica en el pensamiento de pensadores occidentales como Aristóteles, Spinoza y Hegel, quienes se enfrentaron a cuestiones como el monismo y el dualismo, el reduccionismo y la dialéctica, y las relaciones a veces antagónicas entre ellos; el mecanismo espiritual, ejemplificado por el enfoque de la teoría de sistemas de Fritjof Capra y Gregory Bateson; y el antihumanismo en forma de la filosofía profundamente misántropa de la «ecología profunda». Sin embargo, la mayor parte de este ensayo se dedicará a explicar la diferencia entre la razón convencional y el pensamiento dialéctico que constituye la base de una ética ecológica, una ética que podría emanciparnos del relativismo ético.

Filosofía de la naturaleza: Oriente y Occidente

Pensar ecológicamente es entrar en el terreno de la filosofía de la naturaleza. Este puede ser un paso muy peligroso. En la propia filosofía de la naturaleza persisten serias ambigüedades políticas: a saber, su potencial para alimentar tanto la reacción como la revolución. La sociedad contemporánea todavía está marcada por imágenes de la naturaleza que han fomentado opiniones políticas muy reaccionarias. Los eslóganes vaporosos sobre la «comunidad» y la «unidad con la naturaleza» de la humanidad interactúan fácilmente con el legado del nacionalismo «naturalista» que alcanzó su apogeo genocida en el nazismo, con sus mitos de raza y «sangre y tierra». «Sólo hace falta un pequeño cambio ideológico desde las ideas del movimiento romántico del siglo XIX y el anarquismo místico de William Blake para llegar al nacionalismo místico de Richard Wagner».

Tampoco la ciencia, a pesar de todas sus pretensiones de objetividad, nos rescata del extravío de una filosofía de la naturaleza teñida de romanticismo y misticismo. Los mandatos «naturalistas» con los que Hitler inició su sangrienta marcha por Europa tienen su contrapartida en las «leyes» cósmicas de la historia natural con las que Stalin justificó ideológicamente su sangrienta industrialización de Rusia. El «materialismo dialéctico» o «diamat» – que Friedrich Engels reformuló como «leyes» como la «unidad de los opuestos», la transformación de «cantidad en calidad» y la «negación de la negación»- ancló el desarrollo social en una causalidad casi mecanicista que era tan condenatoria para las pretensiones modernas de individualidad y libertad como lo era para las complejas relaciones de la sociedad con la naturaleza.

Cabe señalar que los principales teóricos de la Escuela de Fráncfort fracasaron ante los dilemas que plantea la filosofía de la naturaleza. El oscuro pesimismo de Theodor Adorno y Max Horkheimer sobre la condición humana procedía en gran parte de su incapacidad para anclar una ética emancipadora en una filosofía ecológica radicalmente concebida. De hecho, la razón, en su opinión, estaba irremediablemente contaminada por su origen (tal y como ellos la entendían) como medio para dominar la naturaleza, una vasta empresa presuntamente civilizatoria que también requería la dominación del ser humano por el ser humano como meros instrumentos de producción. La teoría marxista justificaba la servidumbre humana y el desarrollo de las clases como pasos inevitables en la «torturada» marcha de la humanidad hacia la liberación de la necesidad material y, con suerte, de la propia dominación social[49]. Estas ideas, que el marxismo tradicional y el liberalismo celebraron y sobre las que la Escuela de Frankfurt reflexionó, fueron la sabiduría recibida del siglo pasado. De ahí la incapacidad de tantos teóricos radicales de hoy para abordar la filosofía de la naturaleza, la dialéctica o, de hecho, cualquier enfoque orgánico que intente reinterpretar ecológicamente estas perspectivas. El dominio de la naturaleza como terreno para la libertad se ha convertido en tabú por las consecuencias políticas de interpretaciones anteriores, muchas de las cuales han mistificado, romantizado o unificado la naturaleza y su relación con la sociedad mediante un misticismo cósmico que se antepone a la razón por intuición.

Por otra parte, el hecho de que los sabios orientales pensaran y sintieran profundamente no inmuniza su obra frente a la crítica de que la ambigüedad enturbia ciertos elementos de la misma. Por ejemplo, el Tao Te Ching, atribuido a Lao-tzu, puede leerse no sólo como el «camino» del campesinado para moverse con el «grano» de la naturaleza, sino como un manual para el control elitista del campesinado; una ambigüedad que no es menos preocupante que el hecho de que la República de Platón pueda leerse no sólo como una disquisición clarividente sobre la justicia, sino como una guía helénica para una élite guardiana en la manipulación del pueblo. Los acólitos occidentales del pensamiento oriental suelen utilizar esa ambigüedad en su beneficio, explotando metáforas de sabios orientales para hacer inteligibles, si no exactamente coherentes, argumentos completamente autocontradictorios. La ambigüedad no es una virtud en sí misma, sino que exige aclaración y elucidación.

No es mi propósito extenderme mucho sobre el corazón oriental que tan a menudo deslumbra a la cabeza occidental. Lo que es más importante aquí es que esta cabeza es más mecanicista, instrumental e inorgánica de lo que le importa admitir. Gran parte de lo que hoy se considera pensamiento ecológico es tan poco brillante metodológicamente como ideológicamente. Detrás del «nuevo paradigma» que nos desplaza, de la «retroalimentación» que nos electriza y de los «senderos del bosque» que nos guían, hay una extraña forma de pensamiento que es tan aérea en sus cimas espirituales como crudamente mecanicista en su base hipotético-deductiva. Estas «zonas ecológicas» contradictorias, por así decirlo, reflejan serias ambigüedades en la propia filosofía de la naturaleza: a saber, su potencial para alimentar tanto la reacción como la revolución, a menudo con las mismas visiones que alimentaron a un Blake en un extremo y a un Wagner en el otro. Estas «zonas ecológicas» deben examinarse brevemente si se quiere explorar seriamente el proyecto de pensar ecológicamente.

Mecanismo espiritual

A riesgo de estar muy en desacuerdo con lo que se dice actualmente en filosofía ecológica, permítanme decir que el problema del dualismo -el modo de pensamiento que contrapone la mente al cuerpo, el pensamiento a la realidad y la sociedad a la naturaleza- que tanto se destaca en la literatura ecológica está dando paso al problema más grave del reduccionismo.

El dualismo y el reduccionismo, de hecho, suelen estar profundamente enredados entre sí. Un dualismo burdo tiende a fomentar su contrapartida en un monismo igualmente burdo que simplifica toda la realidad en un único y a menudo homogéneo organismo, fuerza, sustancia o fuente de energía. Hegel llamó cáusticamente a esto «una noche en la que todas las vacas son negras». «Los destellos místicos de luz que aparecen en esta «noche» no deben engañarnos. Que las nociones reduccionistas resplandezcan con palabras como Espíritu, energía cósmica, fuerzas vitales y centros de energía apenas oculta el hecho de que el reduccionismo surge de formas de pensar que no son menos mecanicistas, instrumentales y analíticas que la mentalidad hipotético-deductiva que ha asumido tal supremacía durante los dos últimos siglos del pensamiento occidental. A menudo se deducen conclusiones aparentemente místicas, espirituales e incluso organísmicas mediante planteamientos hipotético-deductivos. Estos planteamientos, a su vez, infectan todo el proyecto de «reencantar» el mundo con apuntalamientos instrumentales consternadoramente «desencantadores». En efecto, como veremos más adelante, el «método» no puede desligarse nunca del contenido que produce, del mismo modo que los medios que se utilizan en política y en la vida determinan en gran medida los fines que se persiguen.

No hay más que ver la historia de amor entre la filosofía ecológica y la teoría de sistemas para observar este reduccionismo en su forma más popular, inculta y sincrética. El libro de Fritjof Capra The Turning Point puede tomarse como ejemplo. «El despliegue creativo de la vida hacia formas cada vez más complejas fue un misterio sin resolver durante más de un siglo después de Darwin, pero un estudio reciente ha esbozado los contornos de una teoría de la evolución que promete arrojar luz sobre esta sorprendente característica de los organismos vivos. Se trata de una teoría de sistemas que se centra en la dinámica de la autotrascendencia y se basa en el trabajo de una serie de científicos de diversas disciplinas» – menciona, entre otros, a Ilya Prigogine, Gregory Bateson y Ervin Laszlo, por citar a los más conocidos en Estados Unidos. Capra prosigue:

La dinámica básica de la evolución, según la visión de los nuevos sistemas, comienza con un sistema de homeostasis, un estado de equilibrio dinámico caracterizado por múltiples fluctuaciones independientes. Cuando el sistema se ve perturbado, tiende a mantener su estabilidad mediante mecanismos de retroalimentación negativa, que tienden a reducir la desviación del estado de equilibrio. Sin embargo, ésta no es la única posibilidad. Las desviaciones también pueden reforzarse internamente mediante retroalimentación positiva, ya sea en respuesta a cambios ambientales o espontáneamente sin ninguna influencia externa.La estabilidad de un sistema vivo se ve continuamente puesta a prueba por sus fluctuaciones y, en determinados momentos, una o varias de ellas pueden llegar a ser tan fuertes que lleven al sistema a superar una inestabilidad y convertirse en una estructura totalmente nueva, que volverá a ser fluctuante y relativamente estable. La estabilidad de los sistemas vivos nunca es absoluta. Persistirá mientras las fluctuaciones se mantengan por debajo de un tamaño crítico, pero todo sistema está siempre dispuesto a transformarse, siempre dispuesto a evolucionar. Este modelo básico de evolución, elaborado para estructuras químicas disipativas por Prigogine y sus colaboradores, se ha aplicado desde entonces con éxito para describir la evolución de diversos sistemas biológicos, sociales y ecológicos. [50]

Casi todo lo que es problemático sobre el mecanismo espiritual, desde su terminología hasta su pensamiento, está contenido en este revelador pasaje. La teoría de sistemas es ciertamente útil para explicar el funcionamiento de los sistemas, especialmente de aquellos tan estructurados que se prestan al análisis de la teoría de sistemas, del mismo modo que las ecuaciones de la física pueden explicar cualquier fenómeno que pueda reducirse a los términos de la física.Lo que la gente seria de la filosofía ecológica tiene que preguntarse es si la evolución, por no hablar de la autotrascendencia, puede reducirse realmente a «dinámica», «fluctuaciones interdependientes, «mecanismos de retroalimentación» -o incluso «entradas» y «salidas»- que no difieren en principio de la orientación newtoniana hacia los fenómenos o de la descripción que La Mettrie hizo en el siglo XVIII de los seres humanos como máquinas. Si el «paradigma» de la teoría de sistemas tiene algo que ver con el desarrollo o la evolución (a diferencia de la mera cinética), es simplemente que algunos fenómenos relativamente homeostáticos, concebidos precisamente como sistemas, pueden sustituirse por otros sistemas, esperemos que complejos. En cualquier caso, a pesar de las imágenes que Capra intenta formar en la mente del lector, no podemos hablar propiamente de que un mecanismo se transforme cualitativamente en otro. Si el problema esencial del desarrollo orgánico se reduce en todos sus niveles a «bucles de retroalimentación» y «fluctuaciones», nuestro pensamiento no ha avanzado más allá del mecanicismo cartesiano y hobbesiano, por mucho que hablemos de la «coevolución de un organismo más su entorno», de «totalidad», o de sagacidad taoísta y teología franciscana[51].

Hay una base física para todo lo que la física – «taoísta», newtoniana o prigoginiana- describe con diversos grados de exactitud y en diversos niveles de desarrollo físico.Pero este hecho no justifica que todos los fenómenos se basen en estas descripciones, como tampoco lo justifica reducir el mundo entero a materia y movimiento. De hecho, tal reduccionismo es fatal para cualquier forma de pensamiento organísmico. La explicación de Capra de una teoría sistémica de la evolución describe el pensamiento como «libre» [52]. «Pero hablar de «autonomía y libertad de elección» en la naturaleza, pura y simplemente, es disminuir el significado ético de las palabras. La naturaleza puede ser un terreno evolutivo para la autonomía, la libertad y una medida creciente de elección, pero un terreno no es más idéntico a la ética que sustenta de lo que los nutrientes del suelo son idénticos a las plantas que sustentan. La autonomía y la libertad presuponen la intelección humana, el poder de conceptualizar y generalizar. Su dominio debe explicarse en términos culturales, lógicos y, dentro de unos límites muy definidos, biológicos, no en términos de una «dinámica» cósmica que es «básicamente abierta e indeterminada»[53]. «De hecho, confundir frívolamente indeterminación con autonomía y apertura con libertad es pasar de un nivel a otro tan descuidadamente como se remueve una taza de té.El planteamiento de Capra sobre la «libertad» equipara la indeterminación y la probabilidad estadística en física con la libertad social humana, sin tener en cuenta la asombrosa complejidad de las instituciones sociales, las inclinaciones individuales caprichosas, las diversas tradiciones culturales y las voluntades personales en conflicto.

Ilya Prigogine ha intentado explicar el proceso orgánico de la evolución a través de las «estructuras químicas disipativas», en las que se forman sucesivamente varios sistemas, cada uno de ellos, con suerte, de mayor complejidad que los anteriores[54]. En una sucesión de sistemas, estas «estructuras disipativas», que pueden formularse matemáticamente, se suceden: un sistema se aproxima a una situación «alejada del equilibrio», que marca su transición a un nuevo sistema. En este caso, como las «estructuras disipativas» sustituyen a las fases de crecimiento, el desarrollo da paso a la termodinámica. Un sistema de retroalimentación positiva, del que depende la teoría de sistemas prigoginiana, tampoco permite un concepto de potencialidad: son más bien el azar y los fenómenos estocásticos los que actúan como fases «mediadoras» entre una «estructura disipativa» y otra. Frente al desorden «alejado del equilibrio» y los sistemas ordenados que le suceden, el pensamiento especulativo se reduce a la mera observación. De hecho, un sistema que se aproxima a la transición puede no adoptar una forma inmanentemente predecible a partir de entonces, sino que simplemente puede desmoronarse en el «caos». «En efecto, estos sistemas carecen de lógica interna de desarrollo.

Las matemáticas de Prigogine no pueden explicar las diferencias biológicas, sociales y personales que componen la realidad, ni siquiera con la ayuda de metáforas taoístas aladas, del mismo modo que un montón de ladrillos no puede convertirse en una catedral gótica gracias a las «fluctuaciones» de la retroalimentación positiva. Se podría, con igual aplomo, intentar reducir el metabolismo orgánico a la fórmula cósmica de Einstein E=mc2, simplemente porque es cósmica. A riesgo de aumentar la ya pesada carga de «falacias» de la filosofía, yo definiría la «falacia reduccionista» como la aplicación de las fórmulas más generales a las particularidades más detalladas, en la creencia de que lo que es universal y aparentemente lo abarca todo debe explicar necesariamente lo que es muy particular y singularmente individual[55]. En el mejor de los casos, una fórmula, un «paradigma» o, más propiamente, una filosofía, puede proporcionar la base para una orientación hacia la realidad en un nivel de realidad claramente definible. Irónicamente, cuanto más universal, abstracta y matemática es una fórmula, más probable es que su propia generalidad la limite cuando se aplica a fenómenos concretos y muy particularizados. E=mc2 es demasiado cósmica para explicar modos de realidad tan ricamente articulados o mediados como la evolución natural, el metabolismo orgánico, el desarrollo social y el comportamiento personal.

No es de extrañar que los acólitos de la ecología de la Nueva Era se conviertan en auténticos reduccionistas. Se invoca a «Dios», «Energía», «Ser», «Amor», «Interconexión» y todo un repertorio de metáforas que sirven para homogeneizar lo particular y despojarlo de su riqueza y diversidad. Cuando este enfoque resulta demasiado abstracto, siempre es posible crear un pastiche de «paradigmas» y teorías mal digeridos, independientemente de que sus premisas y su lógica puedan entrar en conflicto entre sí. Aquí el eclecticismo, que suele enturbiar formas de pensar radicalmente distintas y el mito de que todos compartimos un «objetivo común», se convierte en el último reducto de la pura chapuza intelectual.

El lenguaje que utilizan los teóricos de sistemas más sofisticados refleja los conceptos que aportan a sus «paradigmas». «Los resultados complejos se reducen a sus niveles más elementales para que puedan tratarse en términos físico-matemáticos. Que los análisis hipotético-deductivos tienen un inmenso valor en las relaciones que son auténticamente dinámicas o mecánicas no se cuestiona aquí; su valor en estos dominios del conocimiento no puede ser superado. Lo preocupante es que la teoría de sistemas tiende a convertirse en un enfoque ideológico altamente imperialista que se arroga la totalidad del desarrollo, de hecho para razonar y explicar prácticamente todos los fenómenos.Si la evolución natural, el metabolismo orgánico y el comportamiento personal fueran sistemas, entonces la teoría de sistemas en toda su grandeza autocumplida parecería funcionar admirablemente. El hecho de que esta conversión «si-entonces» (sobre la que hablaré más adelante) despoje a los fenómenos de muchas cualidades complejas que no se prestan al análisis sistémico se pierde convenientemente en un barajar de metáforas grandilocuentes que atraen más a un corazón siempre dócil que a una mente lógica exigente.

Por el contrario, el poder de la tradición organísmica -más exactamente, dialéctica- de Occidente (incluso en el nivel altamente conceptual de Hegel) reside en construir las diferencias de los fenómenos naturales y sociales a partir de lo que está implícito en su nivel abstracto, no en reducir corrosivamente su concreción ricamente articulada a «datos» abstractos y lógicamente manipulables. » La diferencia entre ambos enfoques no podría enunciarse con suficiente nitidez. La dialéctica, como veremos, trata de suscitar el desarrollo de los fenómenos desde su nivel de «homogeneidad» abstracta, latente con la rica diferenciación que marcará su madurez, mientras que la teoría de sistemas trata de reducir los fenómenos desde su particularidad altamente articulada al nivel de abstracción homogénea tan necesario para la simbolización matemática.La dialéctica, en efecto, es una lógica de evolución desde la abstracción hacia la diferenciación; la teoría de sistemas es una lógica de involución desde la diferenciación hacia la abstracción.

Por el momento, es importante señalar que el uso descuidado de la palabra complejidad a menudo no nos dice nada sobre la naturaleza de un fenómeno complejo y su desarrollo, al igual que el uso descuidado de la palabra proceso no nos dice nada sobre la naturaleza de un proceso complejo. Muchos fenómenos complejos, vistos en un sentido ético o incluso de supervivencia, son positivamente perjudiciales y lamentablemente antiecológicos, como el mercado complejo y presuntamente autorregulado, cuyos defensores están, de hecho, cautivados por las premisas teóricas de la versión de Prigogine de la teoría de sistemas. Tampoco podemos ignorar los procesos complejos que pueden degradar un desarrollo biológicamente deseable, como las epidemias que exterminan especies ecológicamente valiosas.

El desarrollo sin un «objetivo en él, o propósito», como declara Capra con cierta tristeza, puede carecer igualmente de sentido, a pesar de que su «teoría sistémica de la vida» encuentra un «patrón reconocible de desarrollo»[56]. La palabra patrón -o paradigma- no sustituye a la idea de tendencia en la filosofía especulativa.A falta de otra cosa que un sistema de retroalimentación positiva que puede o no generar complejidad, Capra, como muchos de sus colaboradores, se ve obligado a recurrir a Oriente y a importar una ética que dé sentido a la teoría de sistemas, incluso contraviniendo de plano su metodología occidental. En un salto repentino, el lenguaje (por no hablar del marco conceptual) de The Turning Point experimenta una transformación asombrosa. Las invocaciones a «una nueva visión holística del mundo», «un cambio conceptual de la estructura al ritmo» -ampliado al «auge y caída» de las civilizaciones, de hecho al «planeta en su conjunto… mientras gira alrededor de su eje y se mueve alrededor del sol»- de repente se superponen a la «dinámica» y los «bucles de retroalimentación» que en realidad forman los fundamentos metodológicos eminentemente occidentales de su «visión sistémica de la vida». «Las tradiciones místicas orientales, especialmente en el taoísmo», se lanzan a un popurrí de formulaciones cuya única similitud es metafórica. [57]»La idea de las fluctuaciones como base del orden es uno de los temas básicos de los textos taoístas», nos informa Capra, haciendo parecer de la manera más superficial que el taoísmo es paralelo al enfoque sistémico de Prigogine. Pero las «fluctuaciones», al igual que los «ciclos», se han utilizado desde tiempos inmemoriales para explicar el estancamiento en lugar de la evolución, la fijeza en lugar del cambio y la eternidad en lugar del desarrollo.Una visión sincrética que sitúa las fluctuaciones de la teoría de sistemas al mismo nivel que las fluctuaciones del taoísmo es tan acertada como situar la «atracción» electromagnética de la física al mismo nivel que la noción de Platón de Eros como fuente «cósmica» de afinidad y unidad. Desde un punto de vista metodológico, la formulación matemática de Prigogine de las estructuras químicas disipativas encaja tan bien en la sensibilidad mecanicista de Newton como la teoría corpuscular de la luz encaja en la teoría ondulatoria. Estos marcos conceptuales se funden porque derivan de la misma mentalidad hipotético-deductiva, de hecho claramente mecanicista.

Tampoco es útil refundir la «visión sistémica de la vida» en el marco teórico de Gregory Bateson. Aquí, la materialidad se disuelve en interrelaciones y luego se subjetiviza como «mentes». «Este marco podría ser algo comprensible para un sabio oriental, pero despoja a la sustancia, de hecho a la propia naturaleza, de su propia fisicalidad. Abandonar el estudio de las cosas -vivas o no- por un estudio de las relaciones entre ellas es tan unilateral y reduccionista como abandonar el estudio de las relaciones por las cosas que interrelacionan.Si el mecanismo materialista tradicional hacía mucho hincapié en el objeto, a menudo con resultados que inhibían la especulación más allá del estado de cosas dado, el énfasis de Bateson en las relaciones roza un subjetivismo que casi podría tomarse por solipsismo si no se supiera más sobre la obra de Bateson en su conjunto. La afirmación de que «toda experiencia es subjetiva» y de que «nuestros cerebros crean las imágenes que creemos ‘percibir’» raya en una contrapartida idealista de la máxima materialista igualmente burda de Jacob Moleschott: «No hay pensamiento sin fósforo. » [58]

El pensamiento presuponía antaño un conocimiento del pensamiento tal como se desplegó a lo largo de milenios de desarrollo filosófico y social. Hoy en día, el alcance intelectual de la generación actual apenas va más allá de una década y está marcado por un inquietante sesgo a favor de la labia periodística. El hecho de que los acólitos ecologistas de la teoría de sistemas a menudo se limiten a poner patas arriba el mecanicismo newtoniano y, sin embargo, no reciban ninguna crítica por parte de los intelectuales de orientación ecológica, es una prueba de la Edad Media cultural que se cierne sobre nosotros. Incluso estamos asistiendo a un renacimiento de la crítica «es-que» de Hume, que niega al pensamiento especulativo el derecho a razonar desde el «qué-es» al «qué-debería-ser». «Esta ratonera positivista es un problema no de lógica, sino de ética: en particular, el derecho del «deber-ser» ético a gozar de un estatuto objetivo.El problema de constituir una ética objetiva, que confundió a la Escuela de Fráncfort, no es menos grave que la disputa de Hume con la religión organizada. Por definición, la filosofía especulativa afirma que la razón puede proyectarse más allá del estado de cosas dado, ya sea al dominio ejemplar de las formas de Platón o a las visiones de Marx y Kropotkin de una sociedad cooperativa. Quedarse en el «qué es» en nombre de la coherencia lógica es negar a la razón el derecho a afirmar objetivos, valores y relaciones sociales que den voz a las reivindicaciones de la ecología como disciplina social.

Estos problemas teóricos tienen un significado eminentemente práctico. En todos los casos revelan una simplicidad intelectual que disuelve lo que es concreto en la imagen ecológica, de hecho las formas de vida que dan sustancia a los diversos sistemas, en interrelaciones, «dinámicas» y «mentes» que Capra, Prigogine, Bateson y otros abstraen en categorías sin vida. Así, el reduccionismo no sólo convierte los organismos complejos y su evolución igualmente compleja en «fluctuaciones» mecánicas, degradando los organismos concretos en interrelaciones abstractas; convierte la vida en toda su rica especificidad y particularidad en una abstracción, despojando así a la naturaleza de la variedad, de hecho de la individualidad-especie tan esencial para comprender la fecundidad de la naturaleza y su ímpetu evolutivo. [59].

Humanismo y Antihumanismo

«La humanidad», actualmente tan insatisfecha y dividida contra sí misma, apenas se ha dado cuenta de sus potencialidades. Pero en gran parte del pensamiento «ecológico» actual el concepto de humanidad no deja de estar absorbido por este agujero negro ideológico. [60]Desde el punto de vista ideológico, el fenómeno del odio humano a sí mismo (y el ser humano parece ser la única especie que tiene la capacidad de deleitarse en el odio a sí mismo) adopta varias formas: un «biocentrismo» lógicamente ambiguo y un antihumanismo a menudo estridente se oponen al «antropocentrismo» y al humanismo -presumiblemente los pecados capitales de un «Hombre» abstracto, que está decidido a expoliar una «Naturaleza» igualmente abstracta. «Si la teoría de sistemas despoja a la vida no humana de su especificidad, el biocentrismo y el antihumanismo despojan a la vida humana de su desarrollo social. La sociedad se convierte en una abstracción que de algún modo se inflige a la «Naturaleza» sin tener en cuenta características sociales como la jerarquía, la dominación y el Estado. Como resultado, surge un biologismo simplista, a menudo estructurado en torno a las «leyes naturales», que ve al «Hombre» y al humanismo como una maldición que aflige a la «Naturaleza» con la degradación ecológica. En consecuencia, algunas voces del movimiento ecologista reclaman una «democracia biosférica» moral en la que el «derecho» de la humanidad a vivir y realizarse sea equiparable a ese mismo «derecho» en mariposas, hormigas, ballenas, simios y -sí- virus y gérmenes patógenos.

Desde un punto de vista heurístico, el biocentrismo es un esfuerzo por frenar la arrogancia «humana» hacia otras formas de vida y desafiar la actual destrucción de la biosfera. Pero cuánto tiempo se puede seguir reprochando a la «humanidad» sus afrentas a la biosfera sin distinguir entre ricos y pobres, hombres y mujeres, blancos y gente de color, explotadores y explotados, es un problema persistente que muchos filósofos ecologistas aún no han resuelto, o quizá ni siquiera reconocido. El biocentrismo, a pesar de todas las advertencias que hacen sus partidarios para calificarlo, me parece abiertamente misantrópico y menos un principio ecológico que un argumento contra la propia especie humana como forma de vida.

Por separado, quizá las intenciones de sus partidarios sean buenas, aunque estas teorías tengan graves defectos. Sin embargo, unidas en un solo conjunto, desarrollan una lógica áspera y crean un escenario para opiniones explícitamente viciosas. No es de extrañar que David Foreman, entonces de Earth First! y acólito declarado de la «ecología profunda», pudiera avanzar el siguiente veredicto «ecológico» sobre el Tercer Mundo:

Cuando le digo a la gente que lo peor que podemos hacer en Etiopía es dar ayuda -lo mejor sería dejar que la naturaleza busque su propio equilibrio, dejar que la gente se muera de hambre…- piensan que eso es monstruoso. Pero la alternativa es ir y salvar a esos niños medio muertos que nunca vivirán una vida entera.Su desarrollo se verá frenado. Y lo que ocurrirá dentro de diez años es que sufrirá y morirá el doble de gente.
Del mismo modo, dejar que Estados Unidos sea una válvula de desbordamiento de los problemas de América Latina no soluciona nada. Sólo está ejerciendo más presión sobre los recursos que tenemos en EEUU. Sólo está causando más destrucción de nuestra naturaleza, más envenenamiento del agua y del aire, y no está ayudando a los problemas de América Latina. [61]

Lamentablemente, es demasiado fácil interpretar estos comentarios como una apología del imperialismo, el racismo y el genocidio. Considerar la hambruna como una mera «alternativa» a la guerra civil que asoló Etiopía y a la destrucción de gran parte de la integridad cultural de los pueblos latinoamericanos por intereses corporativos (en gran parte estadounidenses) revela una amnesia social espeluznante. Resulta sobrecogedor contemplar hasta qué punto este conjunto de ideas «ecológicas» desvía la atención pública de los orígenes sociales de los problemas ecológicos. Que algo más que la «naturaleza» busque su «equilibrio» en el Tercer Mundo parece escapársele a Foreman, cuya ofuscación de los problemas sociales expresa la lógica de una «ecología» reduccionista. «Tal «reverencia por la tierra» sofoca incluso las modestas decencias de las virtudes de la clase media, como la empatía y la preocupación por la difícil situación de los niños hambrientos.Una «sabiduría de la Tierra» de este tipo bien podría dejarnos con un «amor» por el planeta pero sin preocuparnos por los desfavorecidos que constituyen gran parte de la especie humana.

Sin embargo, las observaciones de Foreman no son idiosincrásicas. Más bien al contrario: una vena autoritaria está latente en un biologismo crudo que oculta una humanidad cada vez menor con la «ley natural» y oculta el hecho de que es el capitalismo el que está trabajando aquí, no una abstracta «Humanidad» y «Sociedad». «Esta mentalidad autoritaria coexiste a veces con apelaciones piadosas a variantes de la espiritualidad oriental, colocando una máscara de santidad sobre el egoísmo despiadado que se deriva de la codicia burguesa. El «pensamiento ecológico» de este tipo es tanto más siniestro cuanto que subvierte el pensamiento orgánico, de hecho dialéctico, que puede rescatarnos del reduccionismo. Un abismo insalvable separa la ecología social del neomalthusianismo que el conjunto del biocentrismo, el antihumanismo y la teoría de la «ley natural» han engendrado.

Necesitamos desesperadamente un «reencantamiento» de la humanidad -para utilizar la jerga casi mística de nuestros días- con una racionalidad fluida, organísmica y dialéctica. Porque es en esta racionalidad humana donde la naturaleza actualiza en última instancia su propia evolución de la subjetividad a lo largo de largos eones de desarrollo neuronal y sensorial.No hay nada más natural que la capacidad de la humanidad para conceptualizar, generalizar, relacionar ideas, entablar una comunicación simbólica e innovar cambios en el mundo que la rodea, y no simplemente adaptarse a las condiciones que encuentra a su alcance. Para los defensores biocéntricos, antihumanistas y de la «ley natural», oponerse a la autorrealización de la naturaleza en una humanidad ecológicamente orientada y en el pensamiento dialéctico es fomentar la imagen de una humanidad arruinada. Al igual que la adquisición del conocimiento por parte de Adán y Eva, el poder del pensamiento de la humanidad se convierte en su «pecado original» permanente. «

Sin embargo, a pesar de toda su nobleza moral, esta postura resulta ser una regresión del pensamiento especulativo a una forma pedestre de «sentido común», generosamente salpicado, por cierto, de metáforas místicas. Típicamente, Foreman no sólo lamenta el destino de los niños africanos y los campesinos latinoamericanos para los que, sin duda, busca un rápido olvido. De la forma más descarnada, calcula sus escasas posibilidades, con ayuda o sin ella, incluso cuando invoca «a la naturaleza [para que] busque su propio equilibrio». Esto plantea la cuestión de qué hace la «naturaleza» en contraste, digamos, con la agroindustria. Tras ponerse a cuatro patas, nuestro acólito de «Earth First!» se convierte rápidamente en un burgués estadounidense pedestre.Se nos aconseja que Estados Unidos no puede ser una «válvula de desbordamiento» para los hambrientos campesinos latinoamericanos, que sólo «ejercerían más presión sobre los recursos que tenemos en Estados Unidos» y destruirían «nuestra» naturaleza salvaje (subrayado mío). El lenguaje, aquí, es delicioso:Foreman tiene un fuerte sentido de la posesión y una mente cibernética cuyas imágenes, extraídas de la fontanería, harían salivar de envidia a cualquier miembro de un consejo de administración de una empresa en apuros. Una noción autoequilibrada de la «ley natural» para los hambrientos «ellos» traiciona un respeto nocivo por los guardias fronterizos que protegerán a un privilegiado «nosotros» de perder nuestros «recursos» y «naturaleza salvaje», una burda forma de pensar que debería valerle a Foreman un premio a la ciudadanía de la Cámara de Comercio. Los moribundos entumecidos de África y los pobres hambrientos de América Latina que tienen la mala suerte de ser personas de color en sus tierras saqueadas no tienen voz en este «ecologismo», un «ecologismo» que es tan inhumano en su moralidad como mecanicista en su pensamiento.

Ecologizar la dialéctica

Es eminentemente natural que la humanidad cree una «segunda naturaleza» a partir de su evolución en la «primera naturaleza». Por «segunda naturaleza» me refiero al desarrollo de una cultura exclusivamente humana, con una amplia variedad de comunidades humanas institucionalizadas, técnicas humanas eficaces, lenguajes ricamente simbólicos y fuentes de alimentación cuidadosamente gestionadas.El dualismo, en todas sus formas, ha opuesto estas dos naturalezas entre sí, como antagonistas. El monismo, por su parte, a menudo disuelve una en la otra, ya sea el liberalismo, el fascismo o, más recientemente, el biocentrismo que tanto se aproxima al antihumanismo misántropo. Estas ideologías monistas difieren principalmente en si quieren disolver la primera naturaleza en la segunda o la segunda naturaleza en la primera.

Lo que estos dualismos y monismos tienen en común es la aceptación de la dominación. Clásicamente, la contrapartida de la «dominación de la naturaleza por el hombre» ha sido la «dominación del hombre por la naturaleza». «Al igual que el marxismo y el liberalismo ven la primera como un desiderátum que surge de la segunda, los entusiastas de la «ley natural» aceptan la segunda como un hecho y condenan los esfuerzos por alcanzar la primera. Estos puntos de vista son profundamente erróneos, no sólo porque son conceptualmente parciales o simplemente erróneos, sino por la forma en que están estructurados y elaborados filosóficamente. En mi opinión, la verdadera cuestión no es si la segunda naturaleza es paralela, opuesta o simplemente «participa» en una primera naturaleza «igualitaria» [62], sino cómo se deriva la segunda naturaleza de la primera.Más concretamente, ¿de qué manera la evolución, muy graduada y en muchas fases, de la primera naturaleza a la segunda ha dado lugar a instituciones sociales, formas de interacción entre las personas y una interacción entre la primera y la segunda naturaleza que, en el mejor de los casos, enriquece a ambas y da lugar a una segunda naturaleza que tiene un desarrollo evolutivo propio?La crisis ecológica a la que nos enfrentamos hoy en día es en gran medida una crisis en la emergencia de la sociedad a partir de la biología, en los problemas (el auge de la jerarquía, la dominación, el patriarcado, las clases y el Estado) que se desplegaron con este desarrollo, y en las vías liberadoras que ofrecen una alternativa a esta historia deformada.

El hecho de que la primera y la segunda naturaleza existan y nunca puedan dualizarse en «paralelismos» o reducirse simplistamente la una a la otra, explica en gran parte mi expresión ecología social. Además, la ecología social tiene el significado especial de que la crisis ecológica que nos asola se deriva de una crisis social, una crisis que el biologismo burdo de la «ecología profunda» suele ignorar. Más aún, que la resolución de esta crisis social sólo puede lograrse reorganizando la sociedad según líneas racionales, imbuidas de una filosofía y una sensibilidad ecológicas.

Una filosofía y una sensibilidad así no pueden componerse eclécticamente a partir de retazos de mecanicismo y misticismo, o de razón convencional y espiritualidad oriental.Se podría respetar una visión mística consistentemente oriental o una visión mecanicista consistentemente occidental, por muy unilateral o errónea que sea cada una. Pero ninguno de los dos puntos de vista puede derivar fructíferamente la segunda naturaleza de la primera de forma orgánica. Para ello se requiere un modo de pensamiento que distinga las fases del continuo evolutivo de las que surge la segunda naturaleza y que, al mismo tiempo, preserve la primera naturaleza como parte del proceso. El sentido común nos traiciona con su exigencia de fijeza conceptual; el misticismo, a su vez, nos desvía de la racionalidad que va sustancialmente más allá de las metáforas poéticas. Una buena parte del pensamiento ecológico actual, como hemos visto, participa de ambos modos -el mecanicista y el místico- de una manera oportunista, «atrápalo como puedas», en lugar de reestructurar su modo de pensamiento de una manera auténticamente orgánica.

Esto debería quedar claro: la lógica puramente deductiva que utilizamos para construir puentes, presupuestar nuestros ingresos y gastos, planificar nuestra vida cotidiana y calcular nuestras posibilidades de «triunfar» en el mundo no promete captar el desarrollo ricamente articulado o mediado que une y diferencia la primera y la segunda naturaleza. El sentido común sólo exige inferencia, coherencia y la verificación que proporciona la experiencia sensorial ordinaria.Aparte de las particularidades aprehendidas inductivamente que nos ayudan a llegar (a menudo de forma bastante intuitiva) a las premisas concretas de nuestras inferencias, normalmente tendemos a deducir nuestras ideas de forma esquemática, como una serie de conceptos bien ordenados y rígidamente fijos. En este ámbito lógico cotidiano, la verdad suele ser poco más que coherencia. Así, se considera que somos «lógicos» cuando nuestras conclusiones pueden enmarcarse en categorías fijas, apoyadas, por supuesto, en esos aislados atomizados conocidos como «hechos brutos». Este logro se celebra como «claridad» y sus resultados como «certeza». «Concebir cualquier otra forma de razonamiento que no sea una lógica hipotético-deductiva es prueba de confusión. Los hechos, ya se sabe, son hechos, y la verdad es la verdad. La coherencia, las proposiciones formalistas «si-entonces» que componen la lógica convencional, junto con la experiencia como secuencia de datos «claros» y los resultados eminentemente prácticos que consigue la lógica convencional, son, en conjunto, los medios para «pensar con claridad» y comprender el «mundo real». «

Sin embargo, hay una esfera muy personal de la vida en la que pensamos de forma muy diferente a la razón convencional. No tratamos a los niños del mismo modo que tratamos nuestros asuntos de negocios y la pragmática de la vida cotidiana. Vemos a los niños como seres en desarrollo que pasan por fases necesarias de crecimiento y capacidades crecientes.Intentamos no imponerles más exigencias de las que pueden asumir adecuadamente a su edad (suponiendo, claro está, que seamos personas racionales y humanas). Tampoco tratamos de afligirles con problemas que aún no pueden resolver. Percibimos un flujo en sus vidas que implica la actualización de sus potencialidades en diferentes niveles de su desarrollo. No se requiere una percepción inusual para reconocer al bebé que perdura en el niño, al niño que perdura en la juventud, a la juventud que perdura en el adulto; en resumen, la naturaleza acumulativa del desarrollo humano, en contraste con la mera sustitución y sucesión. Sólo un necio cree que el hombre o la mujer pueden -o deben- sustituir completamente al niño o a la niña. Bien entendida, una persona madura no es un inventario de resultados de pruebas y medidas. Él o ella es una biografía individual, la encarnación en desarrollo de cualidades parcial o totalmente realizadas que un entorno seguramente condiciona pero cuya constitución inherente determinaría en última instancia su desarrollo si la sociedad adquiriera una forma altamente racional.

Por intuitivo que sea, este tipo de pensamiento no se estructura en torno a la deducción, sino a la educación.Si la deducción consiste en los pasos inferenciales «si-entonces» que damos, con la debida reverencia a la coherencia, para llegar a juicios inamovibles y claramente definidos sobre los «hechos brutos», la educación manifiesta y articula plenamente las posibilidades latentes de los fenómenos. La educación es un proceso por etapas en el que «si» no es una premisa hipotética fija, sino más bien una potencialidad. Los «pasos» en la educación no son meras inferencias, sino etapas de desarrollo. La «consistencia», lejos de ser un canon impuesto de la lógica basado en los principios de identidad, contradicción y el medio excluido, es el proceso inmanente que propiamente llamamos autodesarrollo. Por último, «entonces» es la plena actualización de la potencialidad en sus ricas y autoincorporativas «etapas» de crecimiento, diferenciación, maduración y plenitud. Que lo «maduro» y lo «completo» nunca estén tan completos que dejen de ser la potencialidad para un desarrollo aún mayor representa un cambio ecológico que estoy avanzando aquí.

Lo que nos lleva al problema de lo que estamos obligados a modificar en la filosofía dialéctica de sus dos voces más destacadas, Aristóteles y Hegel, para convertirla en un modo ecológico de pensamiento. [63]Para ello, debemos resumir brevemente lo que una dialéctica ecológica comparte con la aristotélica y la hegeliana.La filosofía dialéctica se mueve de lo abstracto indiferenciado a lo concreto altamente diferenciado (mientras que la mayoría de las formas de pensamiento comunes se mueven en la dirección opuesta). En este sentido, la dialéctica retoma el hilo de la educación clásica y va más allá, pasando de lo que está implícito en la potencialidad desnuda a su realización en una actualidad plenamente articulada. En la obra de Aristóteles, apogeo del pensamiento clásico, «una concepción de la sustancia, o de lo real, como la meta hacia la que se desarrolla un ser potencial que, salvo en su realización última, no es ni real ni inteligible, domina todo el curso de la especulación de Aristóteles», observa G. R. G. Mure en una formulación muy concisa. «Seguidlo tal como lo aplica en cada esfera que investiga; observad cómo crece desde esta fórmula abstracta inicial hasta convertirse en un universo concreto de pensamiento; y podréis esperar captar el significado esencial de su filosofía. «[64]Lo mismo podría decirse de Hegel, cuya elaboración de este motivo aristotélico está más subjetivizada e informada, aunque a veces se ve enturbiada por la montaña de problemática que se había añadido a la filosofía occidental desde la época de Aristóteles.

Una dialéctica ecológica tendría que abordar el hecho de que Aristóteles y Hegel no trabajaban con una teoría evolutiva de la naturaleza, sino que veían el mundo natural más como una scala naturae, una escalera del «Ser», que como un continuo fluyente. La dialéctica ecológica introduce la evolución en esta tradición y sustituye la noción de scala naturae por un continuo ricamente mediado. Ambos pensadores estuvieron más profundamente influidos por Platón de lo que parecen indicar sus escritos, con el resultado de que, en el caso de Hegel, nos movemos dentro de un ámbito conceptual más que histórico (por muy histórica que fuera invariablemente la dialéctica de Hegel). Hegel estaba muy preocupado por la «idea» de la naturaleza más que por sus detalles existenciales, aunque honró esta preocupación en la brecha. Por último, la teleología global de ambos filósofos tiende a subordinar la contingencia, la espontaneidad y la creatividad que caracterizan a los fenómenos naturales[65]. Hegel, con su fuerte inclinación teológica, terminaba el despliegue del mundo en un «Absoluto» que lo engloba en una identidad de sujeto y objeto. En una dialéctica ecológica, por el contrario, no habría ninguna terminalidad que pudiera culminar en un Dios o un Absoluto.»La actualidad», por utilizar el término especial de Hegel, es la culminación casi momentánea de la madurez, de modo que la objetividad de lo potencial, que es crucial para una ética objetiva, está subordinada a su actualización.

Las traducciones inglesas de Hegel a menudo presentan erróneamente real y actual como sinónimos en ciertos pasajes, lo que permite concebir lo «real» hegeliano como la actualización de lo potencial, un fallo que creo que debería corregirse. Lo que es menos «real» que la «realidad» de Hegel -en particular los «hechos brutos» o el «es» dado del sentido común- correspondería más estrechamente a lo que Hegel considera «lo aparente» (das Erscheinende). Desde un punto de vista ecológico, este error de traducción podría dar lugar a mucha confusión. De ahí que haya utilizado la palabra real para significar simplemente «lo que es», no «lo que está necesariamente latente en lo potencial». «Loactual» sigue siendo en gran medida lo que Hegel quería decir: la realización racional de lo potencial, a diferencia de lo «real» como lo existencial[66]. Por último, una dialéctica ecológica modifica en gran medida el papel creador que Hegel atribuía a la lucha, a menudo interpretada como mera «antítesis» (que es aproximadamente hasta donde Theodor Adorno lleva la dialéctica en su Dialéctica negativa), pero no sin ignorar la presencia de la lucha en la historia humana.Subraya que la dialéctica, no menos en el pensamiento de Hegel que en el mío, experimenta una diferenciación a través de una trascendencia más allá de la mera antítesis, en particular lo que Hegel llamó una Aufhebung o negación de la negación. La dialéctica es, pues, una filosofía del progreso en la que hay una elaboración y una autoconciencia crecientes, en la medida en que el mundo es racional.

La dialéctica, permítanme subrayarlo, no es meramente «cambio», «movimiento» o incluso proceso, a pesar de todas las imputaciones banales en sentido contrario. Tampoco puede subsumirse en la «filosofía del proceso». «La dialéctica es desarrollo, no sólo cambio; es derivación, no sólo movimiento; es mediación, no sólo proceso; y es acumulativa, no sólo continua. Que también sea cambio, movimiento, proceso y continuo nos dice sólo una parte de su verdadero contenido. Pero negada su inmanente autodirectividad y su educación entelequial de lo potencial en lo real, esta «filosofía del proceso», de hecho esta notable noción de causalidad, deja de ser dialéctica. En su lugar, se convierte en una mera cáscara que los «ecoadictos» pueden reducir a «cinética», «dinámica», «fluctuaciones» y «bucles de retroalimentación», la misma verborrea mecanicista con la que la teoría de sistemas se disfraza de filosofía del desarrollo.

Como advirtió Hegel al educar la complejidad del proceso dialéctico: el conocimiento no tiene «otro objeto que sacar lo que está en el interior o implícito y convertirse así en objetivo. «Pero si lo implícito llega a existir, ciertamente cambia, pero sigue siendo uno y el mismo. . . . La planta, por ejemplo, no se pierde en un mero cambio indefinido. A partir del germen se produce mucho cuando al principio no se veía nada; pero todo lo que se produce, si no se desarrolla, sigue oculto e idealmente contenido en sí mismo. El principio de esta proyección en la existencia es que el germen no puede permanecer meramente implícito, sino que es impelido hacia el desarrollo, ya que presenta la contradicción de ser sólo implícitamente y, sin embargo, no desear serlo. [67]

Así pues, la dialéctica no es un movimiento caprichoso, una mera cinética del cambio. Hay un «fin en perspectiva» racional, no uno que esté predestinado, por decirlo desde un punto de vista ecológico y no teológico, sino que actualiza lo que está implícito en el potencial. Cada proposición «si-entonces» no se basa en un «si» que nos viene a la cabeza como una corazonada, sino que plantea una potencialidad que tiene su origen en los procesos dialécticos que la precedieron.

El reduccionismo reduce este proceso a las interacciones más indiferenciadas que puede formular.Pero lo hace a costa de demoler las distintas fases o «momentos» (por utilizar la terminología hegeliana) a partir de los cuales se constituye literalmente el proceso. Un ser humano es claramente un conjunto de sustancias químicas. Si bien el reduccionismo puede explicar su existencia como fenómeno fisicoquímico, no puede comprenderlo como una forma de vida extraordinariamente compleja. El análisis químico no nos proporciona ningún sustituto para la multitud de formas, relaciones, procesos y entornos que lo orgánico crea para sí mismo al sostener metabólicamente su propia «mismidad» a diferencia de otros «yoes». «De hecho, llevada demasiado lejos a un nivel inferior de fenómenos, la reducción conduce a la disolución, de modo que la propia integridad de un nivel dado de fenómenos -ya sea social, biológico, químico o físico- simplemente desaparece en mera «materia» y «movimiento». «En una especie de entropía ideológica, el pensamiento ya no dispone de elementos diferenciadores para definir su objeto de estudio, y mucho menos para explorarlo. Al reducir lo complejo a sus componentes «irreductibles», el todo que constituye las premisas mismas del pensamiento desaparece en un montón de «materia» sin sentido ni forma, borrando así los límites que definen un fenómeno como componente de un «todo» más complejo. «

En el mundo orgánico, la actividad metabólica de las formas de vida más simples constituye el sentido de autoidentidad, aunque sea germinal, a partir del cual la naturaleza adquiere una subjetividad rudimentaria. Esta subjetividad rudimentaria (que el reduccionismo necesariamente no puede abarcar) no sólo se deriva del proceso metabólico de automantenimiento, un proceso que define cualquier forma de vida como un todo único; se extiende más allá del automantenimiento para convertirse en una actividad de esfuerzo, no muy diferente del desarrollo de lo vegetativo a lo animativo, que en última instancia produce mente, voluntad y la potencialidad de la libertad. Concebida dialécticamente, la evolución orgánica es, en un sentido amplio, subjetiva en la medida en que las formas de vida comienzan a ejercer opciones para adaptarse a nuevos entornos, una concepción que está muy en desacuerdo con esa fijeza claramente definible que llamamos felizmente «pensamiento claro». «La teoría de sistemas entra en el retablo reduccionista de un modo siniestro: al disolver el elemento subjetivo de los fenómenos biológicos para poder tratarlos como símbolos matemáticos, la teoría de sistemas permite que la interacción evolutiva, el desarrollo subjetivo e incluso el propio proceso sean asumidos por «el sistema», del mismo modo que el individuo, la familia y la comunidad se desestructuran en «el Sistema» encarnado por la corporación económica y el Estado.La vida deja de tener subjetividad y se convierte en un mecanismo en el que la tendencia de las formas de vida hacia una elaboración cada vez mayor se sustituye por «bucles de retroalimentación», y sus antecedentes evolutivos por «información» programada. «Una «visión sistémica de la vida» concibe literalmente la vida como un sistema, no sólo como «fluctuaciones» y «ciclos», por muy mecanicistas que sean estos conceptos en sí mismos.

A pesar de los factores selectivos externos con los que los darwinianos describen la evolución, la tendencia de la vida hacia una mayor complejidad de la mismidad -una tendencia que produce grados crecientes de subjetividad- constituye el impulso interno o inmanente de la evolución hacia una creciente autoconciencia. Esta dialéctica evolutiva constituye la esencia de la vida como organismo que se mantiene a sí mismo y que alberga el potencial para el desarrollo de organismos autoconscientes. La dialéctica, en efecto, no es simplemente una «lógica» o un «método» que pueda ser rebotado y «aplicado» promiscuamente a un contenido. No tiene más «manual» que la propia razón para guiar a quienes pretenden desarrollar una sensibilidad dialéctica. La dialéctica no puede aplicarse a los problemas de la ingeniería como no puede aplicarse la teoría general de la relatividad de Einstein a la fontanería; estos problemas pueden resolverse mejor mediante las formas convencionales de la lógica, el sentido común y el conocimiento pragmático adquirido a través de la experiencia.La dialéctica sólo puede explicar un fenómeno de desarrollo racional, del mismo modo que la teoría de sistemas sólo puede explicar el funcionamiento de un sistema fluctuante y cíclico. El tipo de verificación que valida o invalida la solidez del razonamiento dialéctico, a su vez, debe ser de desarrollo, no de fenómenos relativamente estáticos o «fluctuantes».

De ahí que desvirtúe el sentido mismo de la dialéctica hablar de ella como de un «método». «De hecho, la filosofía dialéctica, correctamente concebida y liberada de presunciones mecanicistas, es una protesta continua contra el mito de la metodología: en particular, que las «técnicas» para pensar un proceso pueden separarse del proceso mismo. Su sensibilidad por los fenómenos concretos, incluso cuando se destilan en «conceptos», como hizo Hegel, es lo que hace de la dialéctica una filosofía tan existencialmente vital y palpablemente organísmica. Hegel fue genial al reintroducir en la realidad el mundo supramundano de las formas de Platón -un mundo ejemplar y, por tanto, moral, no meramente metafísico- y al desarrollar la noción aristotélica de entelequia en un concepto de «trascendencia» (Aufhebung) que matiza los procesos como «momentos en la autorrealización de sus potencialidades» mediadas.»Liberada de su envoltorio teológico, la dialéctica explica, con un poder que supera el de cualquier lógica convencional, cómo el flujo orgánico de la primera a la segunda naturaleza es una reelaboración de la realidad biológica a la social. Cada fase o «momento», presionado por su propia lógica interna hacia una forma antitética y, en última instancia, más trascendente, emerge como una unidad en la diversidad más compleja que engloba sus momentos anteriores incluso cuando va más allá de ellos. A pesar de las imágenes de lucha que impregnan la versión hegeliana de este proceso, el objetivo último de la Aufhebung hegeliana es la reconciliación, no el nihilismo de la pura negación. Además, las normas -la actualización del «es» potencial en el «debería» ético- están ancladas en la realidad objetiva de la potencialidad misma, no como siempre «es», por supuesto, sino como «debería ser», de modo que la especulación se convierte en un relato válido de la realidad en su verdad. Hegel, diría yo, amplió radicalmente el concepto mismo de Ser en la filosofía y en el mundo real para abarcar la potencialidad y su actualización en el «qué-debería-ser» racional no sólo como un «qué-es» existencial[68].

La especulación dialéctica, a pesar de la visión del propio Hegel sobre la función retrospectiva de la filosofía, es por tanto proyectiva en un sentido marcadamente crítico (muy al contrario que la «futurología», que disuelve el futuro convirtiéndolo en una mera extrapolación del presente). En su inquieta crítica de la realidad podemos llamar a la dialéctica una «filosofía negativa» -en contraste, debo añadir, con el nihilismo de Adorno o la «dialéctica negativa». Por la misma razón, la especulación es creativa en el sentido de que contrasta incesantemente la actualidad libre, racional y moral de «lo que podría ser», inherente al empuje de la naturaleza hacia la autorreflexividad, con la realidad existencial de «lo que es»[69]. «La especulación puede preguntarse «por qué» (no sólo «cómo») lo real se ha convertido en irracional -de hecho, en inhumano y antiecológico- precisamente porque sólo la dialéctica es capaz de fundamentar una ética ecológica en la actualización del potencial, es decir, en sus posibilidades objetivas de realización de la razón y la verdad.

Esta objetivación de las posibilidades -de la potencialidad continua con su actualización aún no realizada- es el fundamento de una ética genuinamente objetiva, a diferencia de un relativismo ético sujeto a la inconstancia de las encuestas de opinión.Una dialéctica ecológica, en efecto, abre el camino a una ética que hunde sus raíces en la objetividad de lo potencial, no en los mandamientos de una deidad ni en la eternidad de una «realidad» supramundana y trascendental. » De ahí que el «deber-ser» no sólo sea objetivo, sino que constituye la crítica objetiva de la realidad dada.

La intervención humana en la naturaleza es inherente e inevitable. Argumentar que esta intervención no debería producirse es totalmente ofuscador, ya que la segunda naturaleza de la humanidad no es simplemente una imposición externa a la primera naturaleza de la biología, sino que es el resultado del proceso evolutivo inherente a la primera naturaleza. Lo que está en juego en la transformación de la naturaleza por parte de la humanidad es si su práctica es coherente con una ética ecológica objetiva desarrollada racionalmente y no adivinada, sentida o intuida al azar. Mínimamente, esa ética ecológica implicaría la administración humana del planeta. Una humanidad que no se diera cuenta de que es una naturaleza en potencia, consciente de sí misma y autorreflexiva, se separaría de la naturaleza tanto moral como intelectualmente. En tal situación, la segunda naturaleza se vería literalmente despojada de sus últimos lazos con la primera naturaleza; peor aún, el vacío dejado por la salida de la conciencia sería llenado por intereses ciegos orientados al mercado y por una mentalidad egoísta de mercado.En cualquier caso, no hay camino de vuelta de la segunda a la primera naturaleza, como tampoco la segunda naturaleza, tal y como está constituida ahora, puede rescatar a la biosfera de la destrucción con «arreglos tecnológicos» y reformas políticas.

Dada la enorme crisis ecológica a la que nos enfrentamos, la confusión intelectual en el movimiento ecologista puede producir resultados perjudiciales de proporciones inconmensurables. En la época actual de la historia, amontonar despreocupadamente fragmentos de ideas y llamar a esto ecofilosofía ya no es un lujo asequible. La custodia de la Tierra no consiste en medidas tan acomodaticias como el establecimiento de espacios naturales ecológicos o medidas a medias para parchear las dislocaciones medioambientales. Lo que puede y debe significar es una integración radical de la segunda naturaleza con la primera a lo largo de líneas ecológicas de gran alcance, una integración que daría lugar a nuevas ecocomunidades, ecotecnologías y una sensibilidad ecológica permanente que encarna el empuje de la naturaleza hacia la autorreflexividad. Para los biocentristas y los antihumanistas, lanzar la palabra arrogancia cada vez que alguien cita a los seres humanos como referentes éticos y mentales de la naturaleza y la evolución natural es manipulador. La naturaleza sin una presencia humana activa sería tan antinatural como una selva tropical sin monos ni hormigas.La dialéctica, cabe señalar, no es menos una crítica de la unilateralidad y la simplicidad que de la realidad existente y una mentalidad adaptativa al statu quo. Planteada en términos ecológicos radicales, exige la negación de la centralidad como tal, ya sea la «antropocentricidad», la «biocentricidad» o la denominada «ecocentricidad», que pretende incluir tanto las rocas y los ríos como las formas de vida. Una filosofía del desarrollo orgánico es ante todo una filosofía de la totalidad en la que la evolución alcanza un grado de unidad en la diversidad tal que la naturaleza puede actuar sobre sí misma racionalmente a través de la agencia humana racional, con su derivación en el potencial de la naturaleza para la libertad y el pensamiento conceptual.

En la zona intermedia entre la primera y la segunda naturaleza que vio el paso escalonado de la evolución biológica a la social, la evolución social empezó a asumir una forma cada vez más jerárquica. Es imposible decir -y no tiene sentido adivinar- si esto podría haberse evitado. En cualquier caso, la evolución social se desarrolló en la dirección de instituciones jerárquicas, clasistas y estatistas que dieron lugar al Estado-nación y, en última instancia, aunque no inevitablemente, a una economía capitalista. En nuestra época, la penetración masiva de esta economía en el conjunto de la sociedad ha producido una distorsión aún más grave de la segunda naturaleza.La economía de mercado, a la que todas las culturas desde la antigüedad hasta los últimos tiempos se han resistido en un grado u otro, se ha convertido esencialmente en una sociedad de mercado. Esta sociedad es históricamente única. Identifica el progreso con la competencia y no con la cooperación. Considera la sociedad como un ámbito para poseer cosas en lugar de para elaborar relaciones humanas. Crea una moral basada en el crecimiento más que en el límite y el equilibrio. Por primera vez en la historia de la humanidad, la sociedad y la comunidad se han reducido a poco más que un enorme centro comercial.

A menos que la ecología explore sistemáticamente este desarrollo deformado -es decir, a menos que desentierre su lógica interna de forma razonada y organísmica-, su impulso crítico se perderá por completo y su integridad se verá irremediablemente impugnada. Hoy en día, el eclecticismo y el reduccionismo -una mezcolanza de ideas inconexas, incluso contradictorias, degradadas a su mínimo común denominador- son los obstáculos más graves para la realización de este proyecto crítico. El eclecticismo puede resultar atractivo para las mentes perezosas que prefieren los eslóganes a los estudios razonados de la sociedad y su impacto en el mundo natural. Pero con las mentes perezosas vienen los pensamientos perezosos y una mentalidad pasivo-receptiva que hace que la mente sea cada vez más vulnerable al control autoritario.

Más allá de la primera y la segunda naturaleza

Debemos unir los hilos de nuestra discusión y examinar las importantes implicaciones que tiene la dialéctica para el pensamiento ecológico. Una «visión dialéctica de la vida» es una forma especial de filosofía del proceso. No hace hincapié únicamente en el cambio, sino también en el desarrollo. Es más educativa que meramente deductiva, más mediada que meramente procesual, y más acumulativa que meramente continua. Su objetividad comienza con la existencia de lo potencial, no con la mera facticidad de lo real; de ahí que su ética busque el «lo que debería ser» como un reino de posibilidades objetivas. Que las «posibilidades» sean objetivas, aunque no en el sentido de un materialismo simplista, se justifica dialécticamente por la percepción de que la potencialidad y sus posibilidades latentes forman un continuo existencial que constituye el auténtico mundo de la verdad: el mundo de «lo que debería ser», no simplemente el mundo de «lo que es», con toda su incompletud y falsedad.

Desde un punto de vista dialéctico, un cambio en un determinado nivel de organización biótica, comunal o, para el caso, social, no consiste simplemente en la aparición de un nuevo conjunto, posiblemente más complejo, de «bucles de retroalimentación».Más bien, consiste en atributos, interrelaciones y grados de subjetividad cualitativamente nuevos que expresan y condicionan radicalmente la emergencia de una nueva potencialidad, abriendo un nuevo reino de posibilidades con su propia tendencia única, no un mayor o menor número de «fluctuaciones» y «ritmos». «Además, esta nueva potencialidad es en sí misma el resultado de otras actualizaciones de potencialidades que, tomadas en conjunto histórica y acumulativamente, constituyen un continuo de desarrollo -no una bala «disparada por una pistola» que estalla en el Ser sin una historia propia o un continuo del que forma parte. [70]

La lógica dialéctica es una lógica inmanente del proceso, una lógica ontológica, no sólo una lógica de conceptos, categorías y símbolos. Esta lógica es emergente, en el sentido en que se habla de la «lógica de los acontecimientos». Considerada en términos de su énfasis en la diferenciación, esta lógica es provocativamente concreta en su relación con las generalizaciones abstractas, de ahí la expresión aparentemente paradójica de Hegel «universal concreto». «La dialéctica supera así la separación dualista de Platón entre las ideas ejemplares y el mundo fenoménico de las «copias» imperfectas, de ahí que su impulso ético esté literalmente estructurado, tanto acumulativa como secuencialmente, en lo concreto.De este magnífico conjunto surge un mundo que siempre es éticamente problemático, pero también una ética que siempre es objetiva, un reconocimiento de la mismidad y la subjetividad que engloba la naturaleza no humana y humana, y un desarrollo desde el automantenimiento metabólico hasta la autodirección racional y la innovación que sitúa los orígenes de la razón dentro de la naturaleza, no en un dominio supramundano aparte de la naturaleza. De este modo, lo social está unido a lo natural, y la razón humana está unida a la subjetividad no humana a través de procesos que están ricamente mediados y graduados en un continuo de desarrollo compartido. Esta interpretación ecológica de la dialéctica no sólo supera el dualismo, sino que se aleja del reduccionismo a través de la diferenciación.

La ecología limpia la notable herencia del pensamiento organísmico europeo de las duras predeterminaciones teleológicas que adquirió de la teología griega, la denigración platonista de la fisicalidad y la preocupación cristiana por la interioridad humana como «alma» y la reverencia a Dios. Sólo la ecología puede ventilar la dialéctica como orientación hacia el mundo objetivo haciéndola coextensiva con la evolución natural, una posibilidad que surgió en el siglo pasado con la aparición de la teoría evolucionista.

Como tal, una dialéctica ecológica no es sólo una forma de pensar orgánicamente; puede ser una fuente de significado para la evolución natural, de significado ético, no sólo racional. Para plantear esta idea de forma más provocativa: no podemos esperar encontrar el «lugar de la humanidad en la naturaleza» sin saber cómo surgió de la naturaleza, con todos sus problemas y posibilidades. Una dialéctica ecológica produce una paradoja creativa: la segunda naturaleza en una sociedad ecológica sería la actualización de la potencialidad de la primera naturaleza para alcanzar la mente y la verdad. La intelección humana en una sociedad ecológica se «replegaría» así sobre el continuo evolutivo que existe en la primera naturaleza. En este sentido, y sólo en este sentido, la segunda naturaleza se convertiría en la primera naturaleza autorreflexiva, una naturaleza pensante que se conocería a sí misma y podría guiar su propia evolución, no una naturaleza irreflexiva que «buscara su propio equilibrio» a través de la «dinámica» de las «fluctuaciones» y la «retroalimentación» que causan dolor, sufrimiento y muerte innecesarios. Aunque el pensamiento, la sociedad y la cultura mantendrían su integridad, expresarían conscientemente la tendencia permanente de la primera naturaleza a empujarse a sí misma hacia el nivel de la autodirección consciente.

En un sentido muy real, una sociedad ecológica sería una trascendencia tanto de la primera como de la segunda naturaleza en un nuevo dominio de una «naturaleza libre», una naturaleza que en una humanidad verdaderamente racional alcanzara el nivel del pensamiento conceptual; en resumen, una naturaleza que se enfrentara de forma voluntaria y reflexiva al conflicto, la contingencia, el despilfarro y la compulsión. En esta nueva síntesis, en la que la primera y la segunda naturaleza se funden en una naturaleza libre, racional y ética, ni la primera ni la segunda perderían su especificidad e integridad. La humanidad, lejos de disminuir la integridad de la naturaleza, le añadiría la dimensión de la libertad, la razón y la ética y elevaría la evolución a un nivel de autorreflexividad que siempre ha estado latente en el surgimiento del mundo natural.

Negar la potencialidad de esta trascendencia y síntesis de la primera y la segunda naturaleza en una naturaleza libre es dejar el pensamiento ecológico abierto a todas las proposiciones «si-entonces» caprichosas que amenazan con invadirlo y embrutecerlo. Las «tormentas de ideas» de sentido común, que lanzan ideas al aire rezando para que la mera probabilidad nos proporcione un patrón significativo, sustituirían a la reflexión y la exploración intelectual.

Hoy, los resultados de este pensamiento desistematizado son a menudo ridículos, cuando no simplemente crueles o incluso despiadados.Si todos los organismos de la biosfera son «intrínsecamente» igual de «dignos» de un «derecho» a la «autorrealización», como creen muchos biocentristas, entonces los seres humanos no tienen derecho, dada toda la lógica de esta proposición, a intentar acabar con los mosquitos que transmiten la malaria y la fiebre amarilla. La lógica de esta proposición tampoco otorga a la humanidad el derecho a eliminar el virus del SIDA u otras fuentes orgánicas de enfermedades mortales.[71] No ayuda mucho que Bill Devall y George Sessions, coautores de Deep Ecology, hayan matizado la «igualdad biocéntrica» con el calificativo de que «no tenemos derecho a destruir a otros seres vivos sin una razón suficiente»[72]. «Una laguna como «razón suficiente» es lo suficientemente ambigua como para despojar a toda la frase de su integridad lógica. La lógica, de hecho, da paso a una ética puramente relativista. Lo que Devall y Sessions consideran «razón insuficiente» para quitar una vida puede ser muy suficiente para muchas otras personas cuyo bienestar, de hecho, cuya propia supervivencia bajo el actual «sistema» depende de ello.En este tipo de argumentación, que despoja a la ética de su base social y a la segunda naturaleza de su derivación de la primera, la «centralidad» se bifurca en dos cuerpos opuestos de valores: un biocentrismo que hace a los humanos y a los virus «ciudadanos» iguales en una «democracia biosférica», y un antropocentrismo que convierte a los humanos en soberanos egocéntricos en lo que presumiblemente es una tiranía biosférica. Que ambas visiones son erróneas es un punto central de esta obra. En cualquier caso, la «ecología profunda», tomada al pie de la letra, nos conduce a un nebuloso y peligroso reino lógico del que no suele haber más recurso que el misticismo oriental. [73]

No hay «democracia biosférica» -o «tiranía», para el caso- en la naturaleza más que lo que la segunda naturaleza humana imputa a la primera naturaleza no humana, del mismo modo que no hay jerarquía, dominación, estructura de clases o estado en el mundo natural: sólo lo que la mente humana socialmente condicionada proyecta sobre las relaciones biológicas no humanas.

Los «derechos», en cualquier sentido significativo de la palabra, son el producto de la costumbre, la tradición, el desarrollo institucional y las relaciones sociales, de una experiencia histórica cada vez más consciente de sí misma y de la mente, es decir, del pensamiento conceptual que formula minuciosamente una constelación de derechos y deberes que da lugar a un respeto empático por los individuos y las colectividades.Surgen de la esfera social humana y de las formas en que las comunidades humanas se institucionalizan. Los leopardos no reclaman ningún «derecho» para sí mismos y, desde luego, no reconocen ningún «derecho» a la vida, y mucho menos a la «autorrealización», en los animales sobre los que depredan.

Como mamíferos, estos depredadores pueden ser más conscientes de sí mismos que, por ejemplo, las ranas, debido a su aparato neurológico y sensorial más complejo. Por tanto, pueden ser más subjetivos, incluso más racionales en cierto modo. Pero su rango de conceptualización, por todo lo que sabemos, es tan limitado, a menudo tan inmediatamente centrado en sus propias necesidades de supervivencia, que imputarles juicios éticos que impliquen «derechos» es ser verdaderamente antropomórfico, a menudo sin siquiera saberlo. Cuando los biocentristas, los antihumanistas y los «ecologistas profundos» nos flagelan con afirmaciones de que las formas de vida tienen «derechos» a la vida y a la «autorrealización» que nosotros, como humanos, no reconocemos, participan sin saberlo en un antropomorfismo oculto que nosotros aplicamos a muchas formas de vida. Trabajan desde dentro de las ideas y sentimientos humanos -de hecho, lo mejor que constituye el humanismo- para encarnar los «derechos» y la noción de una «democracia biosférica» en la primera naturaleza.Una empatía y un sentido de identificación humanos que produzcan un profundo respeto y sensibilidad por el mundo no humano no deben confundirse con unos sofisticados «derechos» éticos y una «democracia» que tengan un significado moral y político, es decir, a menos que estemos dispuestos a socavar el auténtico contenido social de los «derechos» y la «democracia» para la sociedad y la intelección humanas. Irónicamente, si ha de haber algo que se aproxime a una «democracia biosférica» en el mundo no humano, estará moldeada por la empatía humana, que presupone la intervención racional y ecológica de los seres humanos en el mundo natural. Esto implicaría la infusión de valores humanos en la naturaleza, y de la mente humana en la subjetividad no humana. [74]

Los biocentristas y los antihumanistas difícilmente pueden tener su pastel y comérselo también. O bien la humanidad es un agente moral distintivo en la biosfera, que puede practicar una administración ecológica de la naturaleza, o bien es «uno» con todo el mundo de la vida y simplemente se disuelve en él. Si esto último es cierto, entonces los seres humanos tienen un «derecho biosférico» a utilizar la biosfera exclusivamente para satisfacer sus propios fines, un «derecho» que no puede negarse más que el «derecho» del leopardo a matar y darse un festín con sus presas, aunque sea menos «eficiente» que el de los seres humanos.Llegados a este punto, los antihumanistas pueden cambiar todo el nivel del argumento replicando que el expolio de la Tierra por los «humanos» saqueadores (sean quienes sean) acabará por volverse en contra de la especie humana. Pero esto convierte su argumento en un problema pragmático de carácter puramente instrumental, reduce un problema de moralidad a un problema de ingeniería de nuevas soluciones tecnológicas y de despliegue de la mera astucia humana. La naturaleza se convierte así en una jungla darwiniana moralmente neutra, en el mejor de los casos, o en un duelo entre la astucia humana y la insensatez animal, en el peor.

Por otra parte, si entendemos que los seres humanos son realmente agentes morales porque la evolución natural les confiere una clara responsabilidad hacia el mundo natural, no podemos hacer demasiado hincapié en sus atributos únicos. Pues es esta capacidad única de pensar conceptualmente y sentir una profunda empatía por el mundo de la vida lo que hace posible que la humanidad invierta la devastación que ha infligido a la biosfera y cree una sociedad racional. Esto implica no sólo que la humanidad, una vez alcanzada su propia humanidad como actualización de sus potencialidades, podría ser una expresión racional de la creatividad y fecundidad de la naturaleza, sino que la intervención humana en los procesos naturales podría ser tan creativa como la propia evolución natural.

Este punto de vista evolutivo y dialéctico, que deriva a la especie humana de la naturaleza como encarnación del propio impulso de la naturaleza hacia la autorreflexividad, cambia todo el argumento en torno a los «derechos» contrapuestos entre las formas de vida humanas y no humanas en una exploración de las formas en que los seres humanos intervienen en la biosfera. Que la humanidad reconozca que una sociedad ecológica sería el cumplimiento de una tendencia principal de la evolución natural, o que permanezca ciega a su propia humanidad como agente moral y ecológico en la naturaleza, se convierte en un problema social que requiere una ecología social. Es una distorsión grotesca de la «espiritualidad» que la gente afirme estar consumida por un «amor» a la «naturaleza» y a la «vida», mientras ignora el sufrimiento y el dolor innecesarios pero muy reales que existen tanto en la naturaleza como en la sociedad.

Mis propios escritos invierten radicalmente esta visión tan tradicional de la relación entre la sociedad y la naturaleza. Sostengo que la idea de dominar la naturaleza surgió por primera vez en la sociedad como parte de su institucionalización en gerontocracias que colocaban a los jóvenes en diversos grados de servidumbre con respecto a los ancianos y en patriarcados que colocaban a las mujeres en diversos grados de servidumbre con respecto a los hombres, no en ningún intento de «controlar» la naturaleza o las fuerzas naturales.Diversos modos de institucionalización social, no modos de organización del trabajo humano (tan cruciales para Marx), fueron las primeras fuentes de dominación, lo que no significa negar la tesis de Marx de que la sociedad de clases era económicamente explotadora. De ahí que la dominación sólo pueda eliminarse definitivamente resolviendo problemáticas que tienen su origen en la jerarquía y el estatus, no en la clase y el control tecnológico de la naturaleza por sí solos.

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Los Debates de Actualidad del InfoLibre Guerra de agresión de Israel y USA a Irán.

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📚Breve historia del pensamiento libre árabe📖

Preámbulo [1]

La extrema visibilidad del Islam en la actualidad alimenta la falsa idea de que cualquiera que, de alguna manera, a través de su familia, su país, su nombre o su cultura, tuviera una conexión con él, sería intrínsecamente creyente o religioso. Esta visibilidad, construida esencialmente en torno a ideologías extremistas, se refleja indebidamente en toda una parte del mundo, a pesar de las realidades históricas, políticas y sociales que van en contra de esta visión.

100+ Free Letter T & Alphabet Illustrations - Pixabayodo esto forma parte de una doble ignorancia: la de la historia de oposiciones, herejías, pensamiento libre y crítico en los países musulmanes, y la de las realidades sociales y políticas de estos mismos países. Porque desde su aparición, muchas corrientes, personajes o pensadores, místicos o racionalistas, han criticado al Islam como religión de poder, como Averroes, los mu’tazilitas, los qarmatianos, Ibn Arabi, Abu Nuwas, Omar Khayyam, Bayazid Bostami y muchos otros. Pero, más recientemente, se le han agregado varias formas de ateísmo en los llamados países musulmanes-filosofías modernistas, seculares, baazistas, marxistas e incluso anarquistas-y, en otro nivel, un llamado Islam de mercado con una dimensión muy poco espiritual.

Generalmente censurada en países donde el islam es la religión del Estado, esta historia específica desaparece bajo las narrativas de la fundación de la Nación, todas estampadas con el sello de identidad étnica y confesional, narrativas que participan en lo que Aziz al-Azmeh llama la «industria de la ignorancia». Este proceso de recuperación tiene un doble efecto: por un lado, mantiene a los pueblos de los países musulmanes, y más ampliamente a todos los musulmanes de origen, en la ignorancia de esta historia específica; por otro, da una imagen del islamismo, construida mediáticamente, que a su vez contribuye a esta ignorancia al reproducir los discursos y formas de legitimación de estos diferentes poderes. Así, por esta ignorancia histórica y por no tener en cuenta los discursos y las luchas que protagonizan, las numerosas figuras de ateos, apóstatas o librepensadores de Egipto, Marruecos, Irán, Arabia Saudita, Líbano, Indonesia, Sudán, Filipinas, etc. están doblemente condenados al silencio.

Los movimientos populares que sacudieron a muchos países árabes en la primavera de 2011 generaron una inmensa esperanza. En eco, las desastrosas consecuencias de las reacciones político-religiosas y autoritarias actualmente en curso en diversos grados en Túnez, Egipto, Siria, Libia y Yemen son razones para dudar y desesperar. Desde 2015, el terrorismo yihadista golpea el corazón de Europa, después de haber puesto a prueba severamente a las poblaciones de muchos Estados del Cercano y Medio Oriente o África, y exacerba las tensiones y las relaciones conflictivas de las sociedades europeas con el Islam y las poblaciones musulmanas presentes en su suelo.

En este contexto, nos parece que no en vano concienciar al mayor número posible de personas de la existencia de corrientes críticas, ateas o materialistas presentes en estas sociedades y en los inmigrantes que han surgido de ellas. Algunos de los que lo reclaman, ignorados en su mayor parte por las sociedades occidentales, se enfrentan a la persecución y, a veces, dejan su pellejo allí.

¿Dijiste: «Libre pensamiento árabe»?

En 1968, se publicó un libro en Beirut, Naqd al-Fikr al-DiniCrítica del pensamiento religioso»), del filósofo racionalista Sadik al-Azem [2]. No busque esta obra, que causó algunos problemas a su autor, nunca ha sido traducida al francés. Mientras que un apologista del Islam como Tariq Ramadan tenía, antes de su desgracia, acceso libre a todos los canales de televisión en Francia, ¿cuántos árabes críticos con la religión o de un país musulmán no árabe tenían acceso a los medios? Peor aún: ¿quién en el público en general sospecharía siquiera de su existencia? El ateísmo y la crítica de la religión también existen en los países musulmanes (árabes y no árabes). Publicaciones, sitios web dan fe de esto todos los días. ¡Siendo pocos conocidos por el gran público!.

Este pensamiento tiene sus raíces en la historia. Así lo demuestra el Diccionario de ateos antiguos y modernos [3] publicado en 1800 donde, bajo la pluma del revolucionario Sylvain Maréchal, se puede leer esto:

«ÁRABES, (los): Esta nación espiritual tiene muchos ateos, y responde perfectamente a estos medio filósofos que afirman que el ateísmo extingue toda imaginación. [4] »

En la religión musulmana, la incredulidad lleva a los réprobos directamente al infierno. Pero no es el ateísmo en el sentido moderno del término al que apunta el texto coránico, porque ni siquiera es concebible. Es, en primer lugar, el asociacionismo (shirk), asimilado al politeísmo, y luego lo que podría describirse como materialismo (al desafiar los anacronismos reductivos), es decir, la convicción de que todo lo que sucede en la Tierra está simplemente determinado por el tiempo infinito que gobierna el universo de acuerdo con un flujo inexorable. Este proceso se llama, en árabe, el dhar: esta visión del tiempo y los acontecimientos mundiales como resultado de un determinismo inmanente fue compartida por algunos árabes del antiislam, la era de la ignorancia (jahylia), como la llamaron los historiógrafos musulmanes. Estos «dahritas» (o «deherioun» según d’Herbelot), si admitían un principio creativo, pero indiferentes al destino de las criaturas, rechazaban la idea de la resurrección de los muertos y la otra vida. Esta visión era opuesta a la del mensaje musulmán, según el cual hay una intención y una intervención divina constante en los asuntos del mundo y de los hombres. Estas tesis materialistas sobrevivieron, en diversas formas, a la imposición del Islam; fueron enriquecidas por la filosofía helénica y continuaron circulando, influyendo de manera clandestina en uno u otro pensador opuesto a la idea del dogma revelado, pero sin constituir estrictamente hablando una escuela. Conocemos estas ideas desde las obras de heresiógrafos musulmanes (Sharastani) y opositores, como Ghazali, hasta filósofos helenizadores (Al-Farabi, Avicena) acusados de querer defender la idea de eternidad del mundo.

Zandaqa y zindiqs en el segundo siglo del Islam

El siglo II de la Hégira (siglo VIII de la era cristiana) constituye un período de gran agitación política, con el sangriento final del califato omeya de Damasco y el nacimiento del califato abasí de Bagdad. Este período de inestabilidad y malestar propició el surgimiento de corrientes político-religiosas desviadas y la eclosión de ideas de protesta.

Los teólogos musulmanes designaron con el término zandaqa [5] estas desviaciones doctrinales, término que podría traducirse como herejía. Bajo este nombre, mezclamos el maniqueísmo, los diferentes dualismos, las diversas corrientes desviadas, como los chiítas extremistas y los falsos musulmanes o librepensadores. Todo se llamaba zindiqs. Este término, que proviene del persa, designaba originalmente a los maniqueos [6]. Posteriormente abarcaría a todos aquellos que pudieran ser procesados por el tribunal inquisitorial establecido, en 783, por el califa abasí Al-Mahdi. El objetivo privilegiado de la inquisición estaba constituido más bien por los «falsos» musulmanes sospechosos de zandaqa. El examen de algunos casos de personalidades musulmanas acusadas de zandaqa muestra, en primer lugar, que a menudo formaban parte del séquito de los príncipes y, en segundo lugar, que esta fue en muchos casos la causa no reconocida, pero más inmediata, de su persecución o ejecución.

Las controversias teológicas indican nuevamente cuánto cubría el nombre de zandaqa múltiples realidades. Sin embargo, todos ellos tenían en común arruinar una u otra parte de la doctrina, entonces ortodoxa, de la unidad divina. La ideología sensualista adoptada por algunos zindiqs se oponía a la inteligibilidad de la existencia de un Dios único, revelaba contradicciones en el Corán, cuestionaba la idea de sabiduría y bondad divinas. De la misma manera, se cuestionó la creación ex nihilo del mundo y la calidad del «Mensajero de Dios» de Mahoma, considerado un hábil estratega político. Este escepticismo, que dudaba más de lo que negaba, manifestaba un desacuerdo fundamental con las ideas y teorías de los teólogos musulmanes. Hasta el punto de que estos, en sus controversias con los zandaqa, determinaron de alguna manera los límites tolerables de la crítica religiosa en el Islam, límites que no se desvanecerán y que, más tarde, tendrán efectos francamente negativos sobre la vitalidad del pensamiento crítico en el Islam.

El zandaqa fue nuevamente acusado de corromper el Islam «desde adentro» al falsificar o inventar dichos, hadices, atribuidos al profeta Mahoma. Aquí aparece la idea de que es apropiado proteger al Islam contra un grupo de enemigos «naturales», en este caso los zindiqs, cuya secreta razón de ser sería dañarlo. Avanzando «enmascarado» dentro de la comunidad y trabajando en secreto para su pérdida, el enemigo se vuelve, de facto, imposible de definir con claridad. Que una conspiración satánica en el sentido estricto del término amenazara al Islam y a los creyentes era otra idea para el futuro: está más viva hoy que nunca.

Entre los muchísimos zindiqs de este período citados por Chokr Melhem, conservamos el nombre de Ibn Abi al-Awja, de quien podemos pensar que era un dahrita, es decir, «materialista ateo», pero sobre todo de una gran «independencia de espíritu». Así afirmaba el hereje :

«Cuando dices «Dios » te estás refiriendo a una persona ausente. Si existe realmente, ¿por qué no se manifiesta a sus criaturas para llamarlas directamente a su adoración? De esta manera, no habría desacuerdos entre los creyentes sobre él. ¿Por qué no se deja ver y se contenta con enviar mensajeros? Si tratara directamente con humanos, sería más fácil creer en su existencia. Los musulmanes dicen que es omnipresente; pero si está en el cielo, entonces no puede estar en la tierra, y si está en la tierra, no puede al mismo tiempo estar en el cielo. »

Ibn Abi al-Awja sostenía que el mundo no había sido creado, que siempre había existido y existiría para siempre, que las cosas existían por sí mismas sin la intervención de un agente externo. Fue ejecutado en 772.

Los libertinos, esencialmente poetas (Bashar Ibn Burd, Abu Nuwas, etc.), también se vieron asimilados a los zindiq. Irak fue, de hecho, invadido por una fuerte ola de libertinaje que había brotado previamente, dentro de una aristocracia rica y ociosa, en el Hiyaz [7]. Donde había gobernador, traficantes de esclavos, cantantes y una taberna, se formaron sociedades libertinas – con poetas, cantantes, músicos de ambos sexos y afeminados excéntricos-encargadas de entretener a la alta sociedad cuya conciencia carecía singularmente de una dimensión religiosa. Es principalmente la heteropraxia-rechazo de las prohibiciones religiosas – de los libertinos, su desobediencia manifiesta y asumida a la Ley revelada y su hedonismo lo que causó escándalo. Se consideró que estos comportamientos «fuera de la ley» atestiguaban la traducción práctica de su «incredulidad» (y es por esta razón que se los contaba entre los zindiq): los ateos negaban la vida futura, a menudo eran gravados como «criptomaniqueanos».

Así podemos citar al amigo de un poeta sellando su reconciliación con estas palabras: «Hemos hecho las paces con esta condición: él ya no me invita a beber vino, y yo ya no le pido que rece». El poeta libertino, que a menudo desempeñaba el papel de bufón o compañero de placer con el Príncipe, elogiaba frenéticamente los placeres prohibidos, descuidaba el culto, violaba abiertamente las prohibiciones religiosas, blasfemaba, ignoraba el Corán y difundía un pensamiento ateo: «¿Dios? Él es invisible, ¿cómo podemos estar seguros de su existencia?». O de nuevo: «¿El juicio final? Una leyenda, la vida del hombre es idéntica a la de una planta, y una vez muerto, el hombre ya no resucitará. »

Poeta persa de lengua árabe, Abu Nuwas [8] – circa 765-815-sigue siendo muy famoso en el mundo árabe incluso hoy en día: su libertinaje y su irreligión son ejemplares entre los poetas de su tiempo. Citémoslo :

«Dejé a las chicas por los chicos
y, por el vino viejo, dejé el agua limpia.
Lejos del camino correcto, tomé un camino
de pecado, porque lo prefiero.
Corté las riendas y sin remordimientos,
quité la brida con la broca. »

Y de nuevo, por diversión :

«Ibrahim al-Nazzam sostiene
verdaderas palabras blasfemas.
Me supera en ateísmo
y su herejía es notoria.
Se le pregunta: «¿Qué bebes?» Responde: «¡En mi vaso!»
Le decimos: «¿Qué te gusta?» Responde: «¡Por detrás!»

— «¿Y qué estás dejando atrás?» Responde: «¡Oración!»
Le dicen: «¿A qué le temes?» Dice: «¡Nada más que el mar!»
Le decimos: «¿Qué dices?» Responde: «¡Qué pasa!»
¡Que Dios lo queme en el fuego infernal!»

El príncipe omeya Walid Ibn Yazid puede haber caído en esta categoría. Habiéndose convertido en califa a la edad de treinta y cinco años, en 743, se apresuró a convocar a cantantes y músicos del Hiyaz, y a sus compañeros de placer, los poetas libertinos iraquíes. Por su comportamiento descrito como libertino, sus pertrechos y su desprecio por la adoración, sigue siendo el arquetipo de hedonista, bebedor, disfrutador y blasfemo. Reinó solo quince meses, antes de terminar asesinado. Como antología de poemas que se le atribuyen, estos dos extractos: «Que Dios, los ángeles y los justos sean testigos: Me gusta cantar, beber vino y morderme las hermosas mejillas …»; «Oh tú que preguntas sobre nuestra religión, es la de Abu Chakir: bebemos vino seco o cortado, a veces caliente y a veces tibio.»

Los librepensadores

Merecen mencionarse dos figuras eminentes de librepensadores: Ibn al-Rawandi y Abu-Bakr al-Razi (Razes para latinistas).

Al-Rawandi, que vivió en Bagdad en el siglo IX, escribió el altamente refutado Libro de la Esmeralda. Para evitar las trampas de la censura, la obra se presenta como un diálogo entre dos brahmanes. Sobre la base de argumentos racionalistas, el autor ataca a las religiones proféticas enfatizando, para burlarse de ellas, las contradicciones del texto sagrado cuya belleza niega, además, considerada inimitable. También denuncia lo absurdo de los rituales y la inverosimilitud de los milagros. Para él, los profetas son semejantes a magos o hechiceros. El don más precioso que Dios concede a los hombres es la razón. Citémoslo:

«Es obvio para nosotros, como para nuestros oponentes, que la razón es el bien más precioso que Dios ha legado a la criatura y que es el instrumento por el cual el hombre conoce a su Señor y sus beneficios y que valida los mandamientos y las prohibiciones, las atracciones y las amenazas (…). Si el Profeta viene a confirmar lo que la razón sabe que es bueno o malo, lícito o ilícito, entonces consideramos nula su misión e inútiles sus pruebas, porque la razón es suficiente para que lo sepamos. Si su misión contradice las conclusiones de la razón, entonces rechazamos al Profeta (…). Lo que es inadmisible en la profecía es que te obligue a seguir a un ser humano en todos los sentidos similar a ti, que tiene un alma y una razón como tú, que come lo que comes y bebe lo que bebes (…). Te convierte en un objeto que él usa a su voluntad, un animal a sus órdenes o un esclavo a su servicio. ¿Qué tiene él [el Profeta] más que tú, qué mérito tiene sobre ti y cuál es, finalmente, la prueba de la veracidad de su mensaje? »

Asimismo, Al-Razi, médico y filósofo persa fallecido en 935, estigmatiza la impostura de los profetas, cuyos mensajes explotan la credulidad de las mentes débiles, provocando confusión y envilecimiento de la inteligencia. Para él, todos los hombres están dotados de razón y no tienen necesidad del falso conocimiento de los profetas. Por supuesto, los filósofos no están de acuerdo entre sí, responde a sus contradictores, pero este es el signo de su independencia de opinión. Al-Razi está considerado hoy en día como uno de los precursores del método experimental en materia científica, especialmente en el campo de la medicina.

Seguiremos a la historiadora Sarah Stroumsa [9] cuando especifica que, «[…] a diferencia de otros herejes, [estos dos pensadores del Islam medieval] no se adhieren a ninguna religión bíblica […]. La animosidad de los librepensadores del Islam se centra particularmente en la religión en la que nacieron, pero en principio manifiestan la misma aversión hacia todas las religiones reveladas. […] Es inexacto clasificarlos como ateos en la medida en que su crítica de la religión nunca llega a negar la existencia de Dios».

Al-Maari, poeta singular

Muy famoso en su época, consultado a menudo en su ermita de la región de Alepo, el poeta sirio en árabe Abul-Ala al-Maari (973-1057) ocupa un lugar un tanto excéntrico en esta constelación. Con una mirada lúcida y pesimista sobre el mundo, liberado de los consuelos de la religión, este escéptico es autor de una obra abundante y variada: se han enumerado un centenar de obras, de desigual importancia, entre las que citaremos La Epístola del Perdón, un texto en prosa en el que discute, en forma a menudo dialogada, diferentes aspectos del pensamiento árabe y musulmán, citando a los contradictores de los religiosos y retomando a su cuenta algunas de sus afirmaciones. Uno de sus títulos más conocidos está traducido al francés con el título Les Imperatives [10]. Abogando por el ascetismo, el poeta se entrega a reflexiones pesimistas, pensamientos sobre la muerte, los caprichos del destino y la inestabilidad de la fortuna, pero también sobre el vegetarianismo y la doctrina de la aniquilación.

«La gente anhela la llegada de un imán elocuente
Predicando en el estruendo de una multitud atónita.
¡Qué quimera! No hay necesidad de un imán excepto por la razón,
Las religiones no tienen más propósito
que entregar la tierra en manos de los poderosos.
Mientras puedas, quédate solo.
El hombre sincero es una carga para los humanos. »

«Los habitantes de la tierra se dividen en dos,
Los que tienen mente pero no religión,
Y los que tienen religión pero no espíritu. »

Muchas son las estatuas que representan a Abul-Ala al-Maari que han sido destruidas, últimamente, por los islamistas, en varias localidades de Siria.

Los carmatianos

Milenarios y disidentes radicales del ismailismo (una de las ramas del chiísmo), los qarmatianos deben su nombre al predicador Hamdan Qarmat. Bajo el liderazgo de Abu Tahir, fundarán un estado en la costa occidental del Golfo Pérsico, en el noreste de la actual Arabia Saudita. La ideología qarmatiana combinaba varios elementos: Dualismo gnóstico y esoterismo neoplatónico, crítica a las religiones y al orden social que legitimaba, mesianismo y un programa revolucionario que podría describirse como protocomunista, abogando por la redistribución de la tierra y la puesta en común de bienes, lo que permitió a este movimiento ganarse el apoyo de las clases trabajadoras.

Este Estado practicó una guerra de rapiñas contra el califato abasí, y su máxima hazaña armamentística fue la incursión llevada a cabo contra La Meca en 930, durante la cual sus soldados, tras la masacre de los peregrinos y los mecanos, se apoderaron de la piedra negra consagrada en la Kaaba (lugar santísimo de La Meca) y solo la devolvieron veinte años después. Este estado duró más de un siglo, antes de desaparecer alrededor de 1080.

Sobre este episodio poco conocido, leeremos, basada en hechos históricos comprobados, Herética, la hermosa novela de Jocelyne Laabi [11].

Una broma de Joha…

Para concluir, daré la palabra a un personaje de cuento de hadas, muy popular en el mundo musulmán (desde Asia Central hasta el Magreb, pasando por Grecia y Sicilia, donde dejó algunas huellas…). Representa la irreverencia, las bromas y la astucia propias de las pocas personas que se burlan de los tiranos, la religión y aquellos que se llaman a sí mismos nuestros amos. Esta es Joha, también conocida en Oriente como Nasr Eddin.

«Al final del servicio del viernes, el Imán, arrastrado por un impulso místico, grita en voz alta :
– ¡Oh Todopoderoso! ¡Danos fe! ¡Danos fuerza y humildad! ¡Danos arrepentimiento por nuestros pecados! ¡Mantén alejados de nosotros los malos pensamientos!…
Ante estas palabras, Joha se pone de pie y grita aún más fuerte :
– ¡Oh Todopoderoso! ¡Dame montañas de dinero, una hermosa casa, mujeres, baklava de pistacho!…
– ¡Alto, malhechor, blasfemo, hijo de perro!
– ¡Aquí! Pero aún así hacemos lo mismo el uno por el otro, Joha se sorprende: cada uno de nosotros quiere lo que no tiene. [12] »

Mohamed El KHEBIR

Notes

[1] Le texte de ce préambule reprend la présentation du colloque « Critique de la religion et athéisme en terre d’islam, hier et aujourd’hui » (Paris, 4 juin 2016). Il a été rédigé conjointement par Ariel Planeix et Mohamed El Khebir qui en furent, avec Claire Auzias, les initiateurs. [NdÉ.]

[2] Sadik al-Azem, philosophe syrien né à Damas en 1934, mort à Berlin en 2016, spécialiste de la philosophie des Lumières, et dont un seul titre a été traduit en français : Ces interdits qui nous hantent, Éditions Parenthèses, 2008.

[3] Voir l’édition électronique du Dictionnaire des athées anciens et modernes.

[4] Ibid., p.64. Il est possible que Maréchal ait lu ou entendu parler du livre Bibliothèque orientale (1697), œuvre de Barthélémy d’Herbelot, considéré comme le premier orientaliste, où l’on trouve cette notation : « Il y a aussi parmi les musulmans des docteurs qui ont été soupçonnés d’être du sentiment de ces philosophes que les Arabes appellent “deherioun”, c’est-à-dire qui croient que le monde soit éternel. Ces docteurs sont Averroes, Avicenne, Alfarabi, et autres, qui ont fait une profession particulière de suivre la philosophie d’Aristote. »

[5] Melhem Chokr, Zandaqa et zindiqs au IIe siècle de l’islam, Presse de l’IFPO, Damas (1993), en accès libre ici.

[6] Le manichéisme est une religion syncrétique fondée en Perse, au IIIe siècle de l’ère chrétienne, par Mani, et considérée comme hérétique par le zoroastrisme alors dominant.

[7] Le Hedjaz est la région ouest de la péninsule Arabique, parallèle aux rivages de la mer Rouge, qui comprend notamment les provinces de Tabuk, Médine, La Mecque et Al Bahah. Ses villes les plus connues sont Médine, La Mecque et Djeddah.

[8] Abu Nuwas, Le Vin, le Vent, la Vie, traduit et présenté par Vincent-Mansour Monteil, Actes Sud, « Babel », 2009.

[9] Sarah Stroumsa, Freethinkers of Medieval Islam. Ibn al-Rawandi, Abu Bakr al-Razi and Their Impact on Islamic Thought, Leiden-Boston-Cologne, Brill, 1999.

[10] Abul-Ala al-Maari, Les Impératifs. Poèmes de l’Ascèse, édition bilingue, traduit par Hoa Hoï Vuong et Patrick Mégarbané, Actes Sud, « Sindbad », 2009.

[11] Publié à La Différence en 2013.

[12] Sublimes paroles et idioties de Nasr Eddin Hodja, Phébus, « Libretto », 2002.

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